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De cuatro a once

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Esta web la he utilizado en múltiples ocasiones para intentar, a través de mis relatos sobre Villar del Salz, haceros pasar un rato agradable.

En esta ocasión, entendiendo que cuento con vuestro beneplácito, la voy a utilizar para promocionar un libro de mi autoría: “De cuatro a once”. Este libro trata exclusivamente sobre Villar del Salz

Hace un par de semanas publiqué en Facebook una reseña en la que se anunciaba la edición de este libro, sin embargo hay muchos usuarios de Internet que no están en esta red social y que por tanto no se han enterado de esta reseña.

Estos son los datos del libro:

Título: De cuatro a once
Subtítulo: Villar del Salz 1955 – 1963
Autor: Enrique Urquiza López
Formato: 170 X 240
Nº de páginas: 298
Precio: 10 Euros

 

Buscaré la manera de que el libro pueda comprarse en el pueblo, pero seguramente habrá personas que prefieran recibirlo en su domicilio.

Para estas personas indico las instrucciones a seguir.

Instrucciones para la compra del libro “De cuatro a once” con pago anticipado.

 

  1.  Envía un correo a decuatroaonce@ono.com indicando la dirección postal donde deseas recibir el libro.
  2. Haz un ingreso de 14,50 euros (10.00 del libro, más 4,50 euros de los gastos de envío) en el siguiente número de cuenta: 2100 1469 70 02 00147216 (La Caixa)
  3. Pon tu nombre en el justificante de ingreso.
  4. Envía a decuatroaonce@ono.com  copia del justificante de ingreso.
  5. El libro te será enviado de manera inmediata.

 

Esta Semana Santa tengo intención de ir al pueblo. Llevaré algunos ejemplares del libro para atender compromisos ya adquiridos. Echaré alguno de más por si alguien se interesa. Os recuerdo que es una edición limitada.

Os agradecería vuestra colaboración en la difusión de la existencia de este libro. Hay personas que no utilizan Internet. Si son de vuestro entorno y tienen algún vínculo con Villar del Salz, hacedles saber que este libro existe y puede comprarse. Insisto en que la edición es limitada.

Gracias anticipadas por vuestra colaboración.

El tío Juan Pedro

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Aunque no tenemos evidencia, es un hecho que las carencias culturales de nuestros abuelos, o bisabuelos, aquellos que nacieron en las últimas décadas del siglo XIX, eran notables, bastante más que las de nuestros padres, pero nada se les podía reprochar pues vivían en los tiempos que vivían y generalmente su desarrollo intelectual permanecía aletargado durante toda su vida por falta de estímulo.  No obstante, la escasez de cultura no era óbice para que de vez en cuando afloraran otras cualidades retóricas como la ironía o el sarcasmo.

Esto que os cuento lo sé de oídas. No me gusta recrear escenas que no he vivido, pero no me resisto a hacerlo al contar estas anécdotas.

El tío Juan Pedro era el padre de la tía Consuelo y suegro del tío José “Pericotas”. Todos ellos, matrimonio, seis hijos y abuelo, vivían en la primera casa del Barrio Bajo que hay conforme se entra al pueblo por la carretera de Las Minas. Yo recuerdo a este hombre, ya muy anciano, pero creo que jamás crucé una palabra con él. No tengo conocimiento del carácter o temperamento del tío Juan Pedro, pero creo que las dos anécdotas que de él voy a contaros son reflejo de su condición de aragonés pícaro y socarrón.

Ahí va la primera

Cuentan que un día charlaban el tío Juan Pedro y el tío Pedro, el padre de Celia y de María “la Maneta” (abuelo de José Miguel, de Lucita, de Pedro Joaquín, de María José) y que éste alardeaba de haber viajado en toda clase de vehículos, lo que para aquella época, dada la zona rural en que vivían, era algo insólito.

—Yo, Juan Pedro, he viajado en todo tipo de transporte, en coche, en tren, en avión, en barco…

A lo que el tío Juan Pedro respondió.

—Pues yo, Pedro, sólo he viajado en trillo, pero muchiiiiiismo rato.

 

Ésta es otra anécdota que refleja el agudo sentido del humor del tío Juan Pedro.

 

Venía un día mi abuelo Juan Domingo del Tajado —ambos eran de edades parecidas— y pasó por delante de la casa del tío Juan Pedro. El hombre estaba allí tomando el sol y mi abuelo se paró.

—Hombre, Juan Pedro, cuánto tiempo hace que no te veía. Mira si hace tiempo que creía que te habías muerto.

A lo que el tío Juan Pedro, con buenos reflejos y sentido del humor, respondió.

—Pues no, Juan Domingo, ya ves que no me he muerto. Vamos, que si me hubiera muerto igual te lo diría.

Respuesta de fino humor que habría firmado el mismísimo José Luis Coll.

 

Esto es todo por hoy.

Sed felices y procurad que también lo sean quienes os rodean.

El volquete de Saturnino

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En el Villar del Salz de los años sesenta –siglo pasado– a efectos de actividades económicas, había una clara división en las familias del pueblo: las labradoras y las mineras. Luego estaban las minero-labradoras que, si bien su principal fuente de ingresos provenía de la mina, aprovechaban las vacaciones y las fiestas de guardar (expuestos a la intransigencia del párroco de turno por contravenir el tercer mandamiento “Santificarás las fiestas”) para trabajar las tierras que tenían, aunque en estos casos lo normal es que éstas fueran más bien escasas.

En mi casa pertenecíamos al grupo de los mineros, a secas. No teníamos hacienda, ni, por consiguiente, carro ni machos. ¿Sería por eso que los carros y los machos tenían para mí el atractivo que suele tener aquello que no forma parte de nuestra vida cotidiana?

En los once años que viví en mi pueblo nunca aparejé ningún carro, entre otras cosas porque con mi escasa altura y la escasa fuerza de mis brazos habría sido incapaz siquiera de poner la silla encima del macho, o de hebillar una retranca.

En mi casa, pues, se hablaba de canteras, mineral, vías y trenes, nunca de carros o machos, sin embargo, paradójicamente, a mi familia pertenecía el carretero del pueblo por excelencia: el tío Saturnino. Lo poco que sé de carros y machos es por haberle visto a él.

Mi tío Saturnino, labrador desde siempre, tenía pasión por los machos y los carros. Cuando yo era niño, en el pueblo habría como un centenar de machos y, aproximadamente, la mitad de carros. Esta cantidad fue decreciendo en proporción directa a la penetración del progreso en nuestra comarca para, en pocos años, desaparecer casi por completo. Y digo “casi” porque, contra viento y marea, ahí estaba el tío Saturnino que, en plena década de los noventa, aún iba arriba y abajo con su carro, al que obligatoriamente tuvo que sustituir las llantas metálicas –llegaron a prohibirse— por unas ruedas neumáticas hinchables. Supongo que al principio le aburriría no oír el característico ruido de la llanta metálica contra el suelo (igual que a Atahualpa Yupanqui le aburría el silencio de los ejes de su carreta, por eso no los engrasaba) pero se tendría que aguantar.

Era octogenario y aún era capaz de aparejar el carro e irse al prado a sacar patatas con el legón.

Recuerdo con especial emoción aquel día en que, henchido de orgullo, hizo con su carro un último servicio a la comunidad. Daría cualquier cosa por tener una fotografía que ilustrara aquel acontecimiento.

Eran las fiestas de agosto, fiestas que en el pueblo siempre fueran en mayo, pero que, debido a la despoblación, se trasladaron, como en otros muchos pueblos de la comarca, al tradicional mes de las vacaciones.

La noche anterior había habido verbena en la plaza y la propia plaza y las calles adyacentes estaban sembradas de vasos de plástico y suciedad en general. Aquella mañana, pues, como cada mañana después de noche de verbena, parte de la comisión de festejos estaba encargada de recoger toda aquella basura y dejar plaza y calles limpias. Podía verse la basura en varios montones. Al parecer la comisión no había comprado bolsas industriales  de basura en las que meter aquellos montones y no sabía qué hacer con ellos.

Alguien sugirió pedirle al tío Saturnino el carro y el macho. Al poco rato, mi tío se presentó en la plaza con su macho y su volquete con los cuatro tapiales colocados. Con palas fueron echando todo arriba del carro, del que no se caía absolutamente nada.

Los chiquillos, para los que entonces ver un macho y un carro de varas era un acontecimiento, acabaron por subirse todos encima del carro, sin importarles los vasos con restos de bebida que seguro les pusieron perdida la ropa, cuando menos de cintura para abajo.

Cuando acabó de recoger toda la basura, se fue directamente a vaciarla al basurero del pueblo.

Puedo asegurar, por haberlo visto, que encima del carro, y encima de la basura, iban no menos de media docena de críos, algunos de ellos acompañados por sus padres o abuelos que iban caminando alrededor del carro. Los adultos acabaron cediendo a los deseos de los niños, para los que era mucho más divertido subirse a aquel carro tirado por un macho que al trenecito de colores, a motor, que hacía un recorrido durante toda la mañana por las calles del pueblo.

Mi tío, como antes decía, iba todo orgulloso de que, a pesar de tanto coche, tanto tractor, tanto remolque y tanta furgoneta, hubieran recurrido a él para hacer aquel servicio.

Seguro que si la comisión de fiestas hubiera sabido con antelación el éxito del tío Saturnino y su carro, lo habrían incluido en el programa de festejos.

 

10.00 Limpieza de la plaza y calles adyacentes a cargo de la comisión con la colaboración especial de “El tío Saturnino y su volquete”. Los niños podrán contemplar de cerca un carro de varas tirado por un macho y podrán subirse a él siempre que vayan acompañados por una persona adulta.

 

Nadie amó carros y machos más que él y nadie disfrutó de su condición de carretero como él.

Hasta la próxima.

Sed felices y procurad que lo sean también quienes os rodean.

 

Sacando chustas

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A los niños les gusta jugar de múltiples maneras, alguna de ellas  insólita, a priori, para la mentalidad de un adulto. Es bastante corriente que a un niño pequeño le regalen un fantástico juego de esos que los adultos llaman didácticos y que deje a un lado las maravillosas y multicolores fichas con las que supuestamente tiene que entretenerse para acabar jugando con la caja, o envoltorio de las propias fichas.

Hay muchas formas con las que un niño puede entretenerse, pero la que voy a citar ahora es rara, pero rara, rara.

No me digáis que no es raro que un niño se divierta golpeando una piedra con otra. Pues eso es ni más ni menos lo que, a veces, hacíamos los niños de mi época, sobre todo por la noche. El entretenimiento era de lo más barato.

 

 

Sacando chustas[1]

 

 

Era verano.

Aquel día se había hecho de noche un poco antes de lo normal porque el cielo estaba semi-cubierto. Las sombras habían llegado sin haber visto ponerse el sol tras la Atalaya. Por la tarde había habido un amago de tormenta que a la postre no dejó más que cuatro gotas que apenas mojaron las calles del pueblo. La tormenta había derivado hacia Ojos Negros y en Villar apenas habían quedado algunas nubes en el cielo. Las que había tras la Atalaya, ahora que era de noche, de vez en cuando se iluminaban, cuanto apenas, reflejando como flashes los relámpagos de alguna tormenta lejana. Los relámpagos estallaban tan lejos que al pueblo no llegaba el ruido de los truenos.

En casa ya habíamos cenado, así que salí a la calle. No había otro niño más que yo.

Los chavales del barrio teníamos costumbre de salir a jugar un rato después de cenar. Algunos hombres y mujeres salían también a sentarse en los poyos a tomar la fresca.

En la calle olía a tierra y a paja húmeda proveniente del campo arrastrojado.

A la débil luz de la bombilla que había en la esquina del Cantón, me sorprendían las siluetas de algunos murciélagos que, esquivando los cables de la luz, planeaban sin tregua tras los mosquitos.

Aquella noche aún no había salido nadie, ni siquiera Conchita, que se había quedado a ayudar a mi madre a recoger la mesa, así que, mientras esperaba, agarré un guijarro de la calle y me fui a la esquina del Cantón, justo debajo de la bombilla que había en la plaza.

En la esquina, apoyada en ella, había una piedra grande puesta de pie, también de guijarro. No sé para qué estaba allí, pero debía ser por algo, pues en casi todas las esquinas del pueblo había puestas piedras parecidas. A lo mejor era para evitar que los carros se engancharan en las esquinas de las casas al girar, o para que mearan allí los perros. Vete a saber.

Con el guijarro que llevaba en la mano empecé a golpear al de la esquina y saltaban chustas y más chustas. Instintivamente cerraba un poco los ojos para protegerme, pues de cuando en cuando me salpicaba a la cara algún cachico de guijarro.

Cada vez le daba con más fuerza y notaba el olor a quemado de las chustas.

Al momento vi salir a la calle a Tere, José María y Manolito. Allá abajo, en la plaza de la fuente, vi que estaban Faustino, Miguel Ángel, Aurora y Ramiro. Éste se entretenía dando vueltas sobre sí mismo apoyadas las ingles en el hierro de la fuente que hacía de barandilla.

José María se acercó a la esquina donde yo estaba y cogió otra piedra para hacer lo mismo que yo.

Allí estuvimos un rato sacando chustas en un desafío pirotécnico hasta que salieron Conchita, María José, Pedro Joaquín, Aurora, José Vicente, Bienvenida…

¡Hala, a jugar a “Tres navíos” ¡

 

Hasta la próxima.

Sed felices y procurad que lo sean quienes os rodean. Ya sé que en estos tiempos la felicidad está más cara, pero peleemos por ella.

 

 



[1] Chusta: Chispa, partícula encendida.

El muro

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El muro. Comentario del autor

 

Aunque soy nacido en Villar del Salz,  ya sabéis que vivo en Valencia desde casi siempre y voy por el pueblo más bien poco, mucho menos de lo que quisiera. No es de extrañar, pues, que acontecimientos o noticias que en el pueblo son de dominio público, acaben llegando a mis oídos, a veces, como en este caso, algunos años después.

Hace unos cuantos veranos, estando de vacaciones en el pueblo, en el mes de agosto, una tarde me fui al monte simplemente a patearlo, a aspirar su aroma y a coger un manojo de espliego. En esas estaba cuando me sorprendió ver un muro en la ladera del monte, unos metros más adentro de donde terminan las piezas. Me acerqué y allí estuve, mirando y remirando, intentando encontrar una razón que justificara la hechura de aquel insólito muro. No la encontré.

Cuando, ya de vuelta al pueblo, lo comenté a algunos amigos, éstos se reían, incrédulos, porque pensaban que les estaba vacilando. Ninguno creía que aquel hecho, comidilla de la vecindad durante mucho tiempo, fuera una novedad para mí.

Abel me decía que probablemente yo era el único del pueblo que no sabía de la existencia  del muro que el tío Joaquín Sisimula había hecho en el Humedal.

Me enteré en aquel momento de que el tío Joaquín había despedregado una pieza que tenía pegada al monte para plantar azafrán y que con las piedras resultantes del despedregue había hecho el muro “herencia para mis nietos”, como él mismo decía.

El muro del tío Joaquín era un muro absurdo, no tenía sentido, no servía para nada, y sin embargo allí estaba “herencia para mis nietos”.

Según me contaron, el tío Joaquín Sisimula, que por aquel entonces ya era casi octogenario, echó meses en hacer aquel muro que en teoría no servía para nada, aunque me da que el tío Joaquín no pensaba lo mismo y lo hizo con la mayor de las ilusiones “herencia para mis nietos”, sin importarle que la gente pusiera en entredicho el buen funcionamiento de sus neuronas.

Seguramente el tío Joaquín no buscaba ningún reconocimiento, tampoco sé si tuvo alguno. El mío sí lo tiene, póstumo, pero lo tiene, aunque éste se reduzca a la dedicatoria de este simple relato.

Nada tiene que ver la personalidad del Malaquías del relato con la del tío Joaquín, sin embargo les une el hecho de que, con gran esfuerzo, ambos hicieron un muro absurdo en el monte, aduciendo razones que nadie comprendía, y ambos fueron incomprendidos y criticados hasta el punto de que fue cuestionada su cordura.

 

 

El muro

 

Como este es un relato bastante extenso, no voy a colgarlo aquí, como entrada, sin embargo sí está colgado en esta misma web en el apartado “RELATOS”.

Para una lectura más cómoda, por una mejor edición, remito al lector a una biblioteca electrónica.

El enlace es:

 

http://www.xiloca.com/data/Bases%20datos/Literatura/SL_H_21_46.pdf

 

 

Copiar, pegar y… a leer.

Las neuronas de Adolfo Urrea

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Ya estaba harto de tener que dar patadas a la puerta para poder entrar a casa.

La puerta de mi casa era de hierro y estaba pintada de negro, así que cuando llegaba el buen tiempo, al estar encarada al sol, cerrada meses y meses, sin ninguna ventilación, el hierro cogía una temperatura tal que dilataba puerta y marco hasta el punto de no poder abrirse si no era al más puro estilo Corcuera, es decir, a patada limpia. Traté de rebajar los perfiles de puerta y marco con una radial, pero ni por esas.

Me dije que ya estaba bien de padecer, así que encargué una puerta de aluminio en una carpintería metálica de Monreal. A las dos o tres semanas la puerta ya estaba en casa. Ahora se trataba de ponerla.

Para poner la nueva, había que, lógicamente, quitar la vieja.

Aunque me paso los días en la oficina entre papeles y teclados, no le hago asco al bricolaje, así que me dije que tampoco debía ser tan complicado quitar y poner una puerta. Yo, inocente de mí, pensaba que con un buril y una maza en cuatro martillazos la puerta estaría quitada. No contaba yo con que los albañiles de antes no escatimaban con las mezclas de cemento. Aquello era casi cemento puro.

Pedí herramientas prestadas a mi prima Mariavi y empecé a desanclar el marco. Ya llevaba media hora larga dale que te pego a maza y buril y ni siquiera había desanclado uno de los siete anclajes que llevaba el marco y lo peor es que después de tanto mazazo tenía un hormigueo en el brazo que me impedía golpear el buril con la fuerza necesaria para que hiciera mella en la pared.

Menos mal que acertó a pasar por la plaza del Cantón José Mari. Al oír los mazazos se acercó a ver qué faenaba. Al verme tan apurado me dijo que para quitar el marco de la puerta lo mejor era utilizar un martillo eléctrico. ¡Mira qué listo, un martillo eléctrico! ¿Y de dónde sacaba yo un martillo eléctrico? José Mari me dijo que Pablito Urrea tenía uno.

Pues en casa de Pablito (lo siento, Pablo, pero tú siempre serás “Pablito” para mí) estaba mi salvación. La anterior vez que había estado en el pueblo ya tuve que recurrir a él para que me dejara una guía pasacables.

Me acerqué a casa de Pablito y nada más traspasar la reja di un vistazo al espléndido jardín que tiene frente a la casa.

En la puerta estaba el tío Adolfo sentadico en una mecedora. Debajo del pantalón del pijama se le adivinaban las piernas vendadas. El tío Adolfo tendría más de noventa años y seguramente, sin exagerar, hacía décadas que no había hablado con él.

Me acerqué a él y le pregunté cómo estaba. Él me respondió que “ya ves, aquí al solecico, aguantando”. Para que el tío Adolfo no tuviera la sensación de estar hablando con un desconocido, y para darle confianza, apoyé mi mano en su hombro y me acerqué para que pudiera verme bien.

-Tío Adolfo ¿Sabe quién soy?

A partir de ciertas edades las personas mayores pierden interés en aprenderse los nombres de los más jóvenes, de modo que éstos acaban siendo para ellos “el muchacho de fulano”, “el nieto de mengano” o algo parecido.

Yo esperaba una de estas respuestas, o esta otra tan típica de los pueblos “tú, por la pinta,  debes ser de…”

Craso error. El tío Adolfo me miró y sin titubear ni un momento me dijo.

-Tú eres Enriquito, el de la Mercedes.

Me qué asombrado. Una persona de más de noventa años, con la que no había hablado en décadas, me reconoce y además sabe mi nombre. ¡Asombroso!

Qué neuronas tenía el tío Adolfo. Ahora sí que no tengo ninguna duda en que hay neuronas… y neuronas.

Por cierto, que con el martillo que me prestó Pablito quité el marco de la puerta en un visto y no visto. La nueva me la puso Octavio. Le ayudé en lo que pude. Yo sólo habría sido incapaz.

Hasta la próxima.

Mi recomendación permanente: Sed felices y procurad que lo sean quienes os rodean.

Vías y trenes

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La mayoría de los relatos que cuelgo en esta web se refieren a vivencias o anécdotas datadas en la década de los años cincuenta-sesenta, es decir, en la época de mi niñez. Mi principal objetivo, y así lo he expresado muchas veces, es que las nuevas generaciones tengan, a través de estos relatos, una pequeña noción de cómo vivían sus padres y abuelos en aquella época.

Seguro que más de uno piensa que, a la hora de escribir, tengo fijación con la época de mi niñez (algo de cierto sí que hay) pero también es cierto que puedo contar cosas más recientes, así que cuando se me agoten los recuerdos de entonces empezaré a daros la vara con otros más recientes. He aquí un adelanto.

 

Vías y trenes

 

Esto ocurrió  una tarde de agosto, hace cuatro o cinco años.

Juani y yo estábamos en casa preparándonos para dar nuestro acostumbrado paseo vespertino, cuando un par de mujeres vinieron a buscarla para que acudiera a una conferencia, reunión… de amas de casa que iba a tener lugar en una dependencia del Ayuntamiento. En realidad era para hacer bulto. No importaba que ella no fuera residente en el pueblo, pues al parecer lo que importaba es que hubiera cuantas más mujeres mejor, pues ello beneficiaría la posible subvención que algún Organismo de la Administración daría al colectivo de amas de casa.

Por solidaridad, Juani prefirió ir a esta reunión en vez de acompañarme al paseo, así que, ya que estaba preparado, me fui solo a dar la caminata.

Enfilé el camino del Chorrillo y al llegar a la fuente Arriba tomé la estrecha senda que sube hasta la vía con la intención de, siguiéndola en paralelo, llegarme hasta el Cocherón de la antigua estación de trenes. Ya lo había hecho más veces. Justo al llegar a la vía me topé con Manuel García que venía del huerto empujando el carretillo. Me paré a hablar con él.

Manuel, todos lo conocemos, siempre se muestra muy vehemente a la hora de hablar. A mí, en general, me gusta escuchar más que hablar, así que le di cancha para que se explayara lo que quisiera. No habrían pasado ni dos minutos cuando se quedó mirando las vías del tren embelesado. Pude notar claramente cómo se le transfiguró el rostro.

—¿Tú sabes, Enrique, –me dijo asiéndome con fuerza del brazo— cuántos millones de toneladas de mineral han pasado por estas vías?

Encogiéndome de hombros me limité a escuchar. Manuel hablaba y hablaba cada vez con más entusiasmo. Parecía haber abierto en su cerebro una enciclopedia ferroviaria y me daba, uno tras otro, datos precisos de todo tipo relacionados con trenes, vías y minas. Me contaba cuántos litros de aceite consumía una máquina en un viaje hasta el Puerto de Sagunto y cuál era el más adecuado; también datos detallados sobre el funcionamiento de las locomotoras y un montón de anécdotas de sus viajes en los trenes. Se reía cuando me contaba cómo en más de una ocasión justificaron un retraso en el horario del tren aduciendo que éste “se había cortado”, cuando la verdad es que habían parado en el camino a coger fruta en los campos frutales colindantes a la vía. Me contaba también cómo en una ocasión, para su sorpresa, vio venir vía adelante, procedente de la estación,  una locomotora que no llevaba maquinista y cómo logró subir a la máquina y pararla hasta que llegó personal de la estación para hacerse cargo de ella…

—Y no me dieron ni las gracias –me dijo Manuel indignado.

Lo que se suponía debía haber sido una charla de cinco minutos acabó siendo una parrafada de hora y media larga. Manuel hablaba con tal pasión de los trenes que me tenía fascinado. Yo disfrutaba escuchando sus historias, aunque seguro que mucho menos que él contándomelas. Acabó hablándome de mi padre y me sorprendió que conociera su periplo de guerra y posguerra mucho mejor que yo. Buena memoria tiene Manuel. Se me hizo tarde para el paseo previsto, así que en vez de ir al Cocherón cogí el camino que va desde la vía a la carretera de la Sierra y que desemboca a la altura del prado de la Torta.

Parece ser que Manuel tiene fama en el pueblo de ser un poco “pesado” con el tema de los trenes y que algunas personas rehúyen este tipo de conversaciones con él. Es posible que el motivo sea que le hayan escuchado contar las mismas historias decenas de veces… no lo sé. Lo que sí sé es que yo sólo se las he escuchado un par de veces, tal vez tres, así que le diría a Manuel que cuando el cuerpo le pida una buena sesión de máquinas de vapor, locomotoras, vías y trenes en general, sólo tiene que buscarme.

Yo estaré encantado de escucharle. Y aún le diré más: después podrá hacerme un examen sobre el contenido de su disertación para ver si he estado atento. Por mis respuestas comprobará que le he escuchado con suma atención.

 

Y esto es todo por hoy.

Sed felices y procurad que también lo sean quienes os rodean.

Los nidos

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O me lo parece a mí, o los niños actuales no tienen ni por asomo el espíritu depredador que teníamos los de la década de los cincuenta.

Ahora en las casas hay mascotas como perros, gatos, pájaros… Cuando yo era niño los perros se tenían  o para cazar, o para ayudar a los pastores con el ganado, o para guardar la casa… Los gatos exclusivamente para cazar ratones. ¿Y los pájaros? No recuerdo haber visto en las casas jaulas con pájaros. Por no decir que en ninguna, diré que en casa de Pedro Joaquín “Maneta” sí tenían un pájaro en una jaula, aunque no era un pájaro autóctono, sino un periquito azul y blanco.

Los pájaros siempre estaban en el punto de mira de nuestros tiragomas, o de los rifles de perdigones. Los pájaros tenían para los niños de mi época un atractivo especial, así que no es de extrañar que en la época de los nidos una de nuestras distracciones predilectas fuera esa, la de buscar nidos.

 

 

Los nidos

 

Cuando llegaba el verano, buscar nidos era una de mis diversiones preferidas.

Me encantaba mirar en los agujeros de las paredes, en el interior de los enebros, en cualquier parte que yo pudiera suponer que un pájaro pudiera anidar.

No estaba yo muy satisfecho de mi habilidad en encontrarlos, que para eso se las pintaba solo Alfonso, el Chatico.

Chatico siempre se sabía nidos de todas las clases. En más de una ocasión estuve tentado de seguirle y ver cómo hacía para encontrarlos, pero cualquiera adivinaba cuándo iba a buscar nidos. Era un experto en todo lo relacionado con pájaros. Hasta tenía una red con la que cogía montones de colorines y cardelinas en el río, por la fuente Arriba.

A lo largo del río, estratégicamente, atados a las junqueras y a las sargas, ponía papelicos de colores, como si fueran espantapájaros, para que éstos fueran a beber a donde él tenía preparada la red.

Se camuflaba detrás de una junquera y cuando había pájaros bebiendo pegaba un tirón cerrando la red. Sólo buscaba pájaros cantores, así que a los gorriones los soltaba.

¡Qué envidia me daba la jaula llena de pájaros!

Yo creo que Chatico aprendió esto de los valencianos —yernos de la tía Oliva— que venían a veranear y que se entretenían con lo de los pájaros.

Pero estaba refiriéndome a los nidos.

Con otros chavales nos cambiábamos nidos como quien cambia tebeos o cromos.

Cada uno tenía un valor. El de gorriones no tenía ninguno, ya que había nidos en cualquier agujero, en las casas, en los pajares, hasta en las paredes de los huertos. Y no digamos en la fachada de la casa de la tía Benedicta, la de la tienda, que estaba llena de agujeros y en cada uno había un nido.

Los de colorines y cardelinas eran los más valiosos.

Cuando cambiabas un nido —”… yo te digo uno de colorín si me dices uno de cardelina…”— había que tener la picardía de no aceptar cambios sin matizar el estado del nido, si era con huevos, si tenía porretones o si los pájaros tenían ya plumas.

Cuando alguien te decía que los pájaros del nido tenían plumas lo más normal era que te quisiera engañar. Te decía lo de las plumas para llevarte a un nido viejo y decirte que los pájaros ya se habían ido, así que cambiabas un nido por nada.

Una vez le enseñaron a un chaval un nido en la pared del chorrillo, al lado de la zarza que había enfrente del huerto del tío Joaquín el Rosindo, y antes de llegar al agujero le dijeron que la “pájara” estaba dentro del nido. Le recomendaron que se acercara despacico y que metiera la mano para cogerla.

¿Que si la cogió? En vez de la “pájara” lo que cogió fue un zurruto de mierda que alguien se había entretenido en meter en el agujero.

Lo que digo, que no te podías fiar.

Me gustaban los nidos con huevos, que les podías hacer el seguimiento, “… Ya hay porretones, ya tienen plumas, ya se han ido…”. Eso sí, había que tener cuidado de no tocar los huevos porque si no la madre los podía aborrecer.

Una vez, hablando de nidos, Chatico decía que cuando en el nido ya hay porretones las madres tienen que llevarles gusanos, saltamontes, o cualquier otro insecto, para alimentarlos; de manera que no había más que esperar a ver un pájaro con algo de comida en el pico y seguirlo, porque acabaría yendo al nido.

Tenía sentido lo que Chatico decía y, visto así, no debía resultar muy difícil encontrar alguno.

Una tarde me fui por el camino del abrevadero a unas piezas que había más adelante, donde se terminabala Veguilla.

No fui allí por casualidad, sino porque ya había visto montones de colorines unos días antes que había ido a las piedras de la Loma a jugar con los chavales.

Me quedé allí, en un ribazo de una pieza plantada de pipirigallo, y miraba y miraba a los pájaros que pasaban. Algunos sí llevaban algo en el pico, pero iban a parar a los campos colindantes de trigo y a uno que había, más abajo, de avena.

No hubo manera de encontrar nido alguno.

Entré un sinfín de veces en los campos de trigo siguiendo a las posibles madres y al principio tenía cuidado de no pisar mucho, pero al final no miraba por donde pisaba y machacaba mi frustración al mismo tiempo que las espigas, todavía casi verdes. Si me llega a ver el amo del campo no sé lo que me habría hecho.

Ese día me volví al pueblo sin nada positivo, pero aprendí algo que me serviría para hacer una nueva tentativa otro día. Había aprendido que había que ir a lugares abiertos y con poca vegetación a observar a los pájaros con algo en el pico, donde ellos no se pudieran ocultar fácilmente.

A los pocos días me fui a la Loma, allí donde termina la era del tío Joaquín Sisimula, y me puse a mirar los pájaros.

Allí lo que había eran zorribalbas y burrapastoras, mucho más gordas que los gorriones y los colorines y mucho más fáciles de ver, por su tamaño.

Vi a una zorribalba que llevaba algo en el pico y que se paró al lado de unos cardos. Me dije ” ahí debe estar el nido “, y fui corriendo hacia allí.

Cuando estaba a unos metros, la zorribalba voló con su pico cargado. Ni nido ni nada.

Al principio no entendía a qué narices se había parado en aquellos cardos, pero después de pensar un poco llegué a la conclusión de que lo que había hecho era coger algún otro saltamontes y cargar más el pico.

Entonces, si yo estaba en lo cierto, de lo que se trataba era de mirar un pájaro con el pico cargado, seguirlo sin molestarlo durante los vuelos que fuera necesario, y ver cuándo alzaba el vuelo con el pico vacío. Eso indicaría el lugar del nido, donde habría dado los insectos a las crías.

Pues estaba en lo cierto. Utilizando este procedimiento conseguí encontrar un nido de zorribalba, con unos pajaricos ya con casi todas las plumas.

Lo que más me sorprendía era el camuflaje perfecto del nido en el terreno. Vamos, es que estabas encima mismo y no lo veías. Yo lo vi porque la zorribalba esperó a abandonar el nido a que yo estuviera a no más de dos metros.

Aquel nido no lo cambié por ninguno porque estaba muy lejos y a nadie le apetecía ir al alto de la Loma a ver un nido con pájaros ya emplumados, pues lo más seguro es que, al verse descubiertos, la madre se los hubiera llevado fuera del nido.

Yo nunca desmantelé ningún nido que no fuera de gorriones.

La pared de atrás del cine, la que daba a la era del tío Pedro Pablo, me la conocía agujero por agujero y canalera por canalera.

¡Pues no habré yo desmantelado nidos en aquella pared!

Íbamos Faustino Curujas y yo, pero Faustino nunca subía, no sé yo si es que le daría miedo o igual tenía vértigo, vete a saber, pero nunca subía.

Yo sentía una rara sensación, tal vez intuía el peligro que todo aquello suponía, pero en cuanto llegaba a las canaleras se me olvidaba todo y podía más el espíritu del niño depredador que el del temeroso.

Escalaba por el tejado del water del cine, más bajo que el del salón, que estaba pegado a la pared de la iglesia, y desde allí me recorría de derecha a izquierda toda la pared, mirando canalera por canalera y haciendo un seguimiento a cada nido para ver cuándo los pájaros estaban a punto y cazarlos.

Una vez me pegué un buen susto, porque en la parte izquierda de la pared, casi al final, estaban los agujeros rebocados con yeso y no había donde apoyar los pies, por lo que no se me ocurrió otra cosa que registrar las últimas canaleras desde el tejado.

Allí que me subí —con qué facilidad escalaba— y me tumbé asomando algo más que la cabeza y alargando el brazo hasta poder hurgar en las canaleras. En unas cuantas me fue bien, pero había una teja medio suelta y se cayó. Casi me voy detrás de ella, y a Faustino, que estaba debajo de maestro de ceremonias indicándome los agujeros y las canaleras, le cayó la teja a un palmo.

Pues no escarmenté, porque seguí subiendo al tejado hasta que un día me vio el tío José Pericotas y se lo dijo a mi madre, “… Mercedes, veas de decirle a tu pequeño que no suba al tejado del cine que es peligroso…”.

Me quedé resentido con el tío Pericotas. Ya ves tú si no tendría otra cosa mejor que hacer que ir a chivarse a mi madre. El hombre por bien lo hacía, pero yo no lo entendía así.

Mi madre debió pensar que yo no le iba a hacer mucho caso si me prohibía subir a los tejados, pues yo le decía a todo que sí y luego hacía lo que me parecía, así que se lo dijo a mi padre y él a mí, que las cosas que decía el padre adquirían inmediatamente un grado de importancia mayor.

Y es que la madre podía reñirte y darte uno o cien cachetes que no pasaba nada —cachetes de madre a fin de cuentas—, pero si era el padre el que te reñía, a instancias de la madre, es que las cosas ya habían pasado a mayores. Por eso mi madre, y supongo que todas las madres en general, me amenazaba con “decírselo al padre”.

Mi madre lo utilizaba como amenaza, pero rara vez lo cumplía, porque el padre, en la mayoría de los casos, no se podía limitar a reñirte sin más, por aquello de que había sido llamada a comparecer la máxima autoridad de la casa, sino que debía de acompañarlo con algún bofetón que refrendara lo excepcional de la represión.

Por suerte para mí no hubo bofetón, pues mi padre nunca me pegaba. Mi padre me decía, con toda la seriedad que podía aparentar, que no sólo era el peligro de poder caerme y romperme la crisma sino que podía romper las tejas y luego se las podían hacer pagar. Acepté la reprimenda, pero yo seguí subiendo al tejado, eso sí, con mucho cuidado de donde pisaba para no romper las tejas, y mirando de vez en cuando hacia la casa del tío Pericotas, por si le veía aparecer.

Cuando bajaba de la pared, o del tejado, a veces me quedaba mirando la torre de la iglesia y sentía una gran frustración.

Nosotros allí, cazando nidos de gorriones, y allí mismo, en la torre, montones de nidos de palomas sin poder ni verlos.

Siempre me quedé con las ganas de cazar algún nido de paloma. Con las que había en la iglesia y me tenía que contentar con verlas posadas en los respiraderos de las bóvedas o en el tejado de la torre, ronroneando, con sus azulones pechos inflados.

Me había contado Miguel Angel, el Ripio, que una vez el cura, Don Arcadio, dejó que los monaguillos entraran en las bóvedas a coger pichones, pues por lo visto había tal abundancia de palomas que estropeaban los tejados y que era conveniente disminuir su número, dijo el cura para justificar el saqueo.

No sé si sería por eso o porque a alguien, cura incluido, le apetecería una buena fritada de pichones, porque las palomas tenían fama de tener la carne dura, pero los pichones, que no me digan, debían estar tiernos y bien buenos.

Recordando lo que me habían contado, le decía a Don José, el cura que vino después de Don Arcadio, que si no había demasiadas palomas en la torre, que al paso que crecían iban a destrozar el tejado. Se lo decía para ver si se le ocurría lo de patear las bóvedas y lo de los pichones, pero supongo que nunca comprendió el porqué yo le decía que había demasiadas palomas, y es que no me atrevía a decirle abiertamente que fuéramos a pegarle una batida a los pichones, que eso se le podía decir a los monaguillos, pero no al cura.

A Agapito sí se lo decía de vez en cuando y le recordaba la medida que había tomado Don Arcadio, pero él no me hacía ni caso, así que acabé por resignarme a ver las palomas desde lejos.

Volviendo a los nidos, había uno de “bubuta” —en buen castellano abubilla— en un pajar de los que había en el camino de San José.

Me lo enseñó Tomás “Masada”, pues él vivía no muy lejos de allí y se debía conocer todos los nidos de los pajares.

Como Tomás era primo de Alfonso el Chato, se le debía de haber pegado algo del interés por los nidos y los pájaros.

Tomás había convertido la ventana de su casa que daba a la calle en una jaula, con su taza de trigo y su bote de agua, y en ella, tras la tela metálica, había una cría de codorniz.

Pues, como decía, me llevó hasta el pajar y me señaló el agujero donde estaba el nido.

Igual me lo enseñó para reírse de mí —vete a saber—, pero lo cierto es que yo metí la mano en el agujero y allí estaban los porretones de bubuta. Antes de meter la mano me acordaba yo de lo que le había pasado al que metió la mano en el nido de la pared del Chorrillo, pero como vi que la bubuta madre estaba por allí cerca, peinando y despeinando su cresta, intentando distraer nuestra atención para que dejáramos el nido en paz, pensé que el nido era de verdad.

Toqué a tientas los pajaricos, blandos y calenticos, saqué la mano del nido y aquello olía peor que la mierda, sin embargo, no llevaba la mano más sucia de lo normal, es decir, alguna cagada de porretón entre los dedos.

Luego resultó ser —que yo no lo sabía— que las bubutas tiraban un líquido apestoso cuando se veían en peligro y por eso olía tan mal.

Fíjate si olería mal que mi madre se dio cuenta nada más entrar en casa. Seguramente me debí restregar las manos en los pantalones y el olor se quedó allí pegado.

Otro nido del que me acuerdo, por su rareza, era uno de mochuelos que encontramos mi padre y yo en el Albergue del Kilómetro-3, el que hay al empezar el camino dela Rinconada.

El nido estaba en el umbral de la puerta, debajo de la viga.

Siempre que pasábamos por el albergue me asomaba para echar un vistazo porque mi padre me había contado que en una ocasión que él se asomó había dos conejos dentro.

Cuando me asomaba no veía nada por el contraste de la luz exterior y la oscuridad de dentro, así que tenía que esperar un rato para poder ver.

Aquel día, mientras esperaba en el umbral a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad, oí unos soplidos, o algo parecido, encima de cabeza.

Se lo dije a mi padre y él en principio no estaba muy seguro de qué podía ser, pero la mejor manera de saberlo era meter la mano y verlo, así que la metí y saqué un mochuelo, ya con plumas, al que debí apretar algo más de lo normal, porque me cagó encima.

Nunca había tenido un mochuelo en la mano y entre lo feo que era y la suciedad, lo solté. Dio un pequeño vuelo yendo a caer de morros a no más de tres o cuatro metros. También olía mal.

Mi padre me dijo que lo volviera a meter en el agujero, ya que el mochuelo, a pesar de tener plumas, era incapaz de volar con soltura y se habría muerto por allí.

Lo cogí con cuidado para no mancharme, pues, no sé si por el susto, no paraba de cagar, y lo devolví a su nido.

Cuando de vuelta en casa le conté a mi madre lo de los soplidos y lo del nido de mochuelos, le recriminó a mi padre su falta de conocimiento por haberme dejado meter allí la mano, pues mira si no podía haber sido una víbora.

Sorprendentemente mi padre le dio la razón, con lo que le costaba dar el brazo a torcer, supongo que para que no fuera yo a meter la mano en cualquier agujero en el que oyera algún ruido.

Lo de la víbora no era ninguna tontería, ya que por aquella época se veían muchas por el campo, aunque no recuerdo que le picara a nadie del pueblo.

Volviendo una vez del Soto, tres vimos mi padre y yo atravesadas en la carretera, en diferentes sitios, quietas como palos. A las tres las matamos. Mi padre me decía que barruntaban cambio de tiempo.

Y esto es todo por hoy.

Para los que la celebren, feliz Navidad.

Para los que no les gusten estas fiestas, un abrazo y mis mejores deseos.

La nevada

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Ahora que tenemos el invierno ahí mismo, como quien dice, y que, aludiendo a la nieve, en la tele hacen diariamente referencia a las estaciones de ski y a los puertos de montaña, me llama la atención más que otras veces la presentación de la web de Villar del Salz, en la que sale una fotografía del pueblo tomada después de la imponente nevada que cayó hace dos o tres años.

Nevadas como ésta eran bastante corrientes en los años cincuenta. En aquella época los ciclos climáticos del año eran casi matemáticos, las nevadas, el frío, los temporales de lluvia… nada que ver con el tiempo actual.

Me viene a la memoria una de estas nevadas y os la voy a contar.

Después de haber escrito el relato me doy cuenta de que me he extendido demasiado. Alguno puede que se canse y lo deje a la mitad. Pido disculpas. El próximo será muy corto.

 

 La nevada

 

Estaba yo en la cama, ya a punto de levantarme, y oía que mi madre hablaba con mi padre allá abajo, en la cocina. Raro, porque mi padre a esas horas tendría que estar trabajando en la estación de la mina. ¿Estaría malo?

Me levanté y cuando bajé a la cocina allí estaba mi padre almorzando y no tenía cara de estar enfermo. ¿Qué pasaba pues?

Miré a la ventana de la cocina y estaba toda blanca, cubierta de nieve. En el hueco que había detrás de la cocinilla había colgado mi madre, allí al calor, para que resucitaran, unas camisetas de invierno que parecían de cartón. Las golpeabas y sonaba a cartón rígido, y es que estaban congeladas. Mi madre las había tendido en el granero y se habían congelado.

Salí al patio, abrí el picaporte de la parte de arriba de la puerta, que en casi todas las casas las puertas eran de dos hojas, y había caído una nevada imponente.

Todavía nevaba, pero no mucho, pues cuando lo hacía con ganas, desde mi casa —yo vivía donde ahora vive Mariavi—no se veía ni la casa de Colín.

El día anterior ya había estado nevando desde últimas horas de la tarde, pero lo normal. No había más de un palmo de nieve cuando nos acostamos, pero mi padre decía que el tiempo no estaba para cambiar y que podía caer la de Dios porque cada vez nevaba con más intensidad.

Por lo visto continuó nevando toda la noche y aquella mañana había más de medio metro de nieve por todo el pueblo.

Mi padre se había ido a trabajar, como todos los días, con su pelliza y su pasamontañas, pero decía que de la Fuente Arriba era imposible pasar, así que se había vuelto a casa.

Algunos mineros debieron hacer lo mismo que él, porque había huellas en el camino que terminaban allí mismo.

Lo primero que se me ocurrió, y de lo que me alegré enormemente, era que el maestro, Don Ernesto, que vivía en Ojos Negros, no podría subir al pueblo, así que no habría escuela. ¡Viva la nieve!

Era raro estar todos allí en casa, mis padres y mis hermanos, en un día de hacienda, sin esperar el toque de las campanas de la torre llamando a misa, como ocurría las fiestas y domingos.

Mi padre se asomaba a la puerta y hablaba con el tío Marcelino, Joaquín Maneta, Pedrico, el tío Timoteo… para ver de hacer las veredas que en casos así se acostumbraban a hacer, y mi madre le decía que, ya de paso, viera de acercarse a casa de mis abuelos a pegar un vistazo por si necesitaban algo.

Se debieron de poner de acuerdo los hombres porque enseguida salieron a la calle y a golpe de pala empezaron a hacer las veredas, cada uno su parte, siguiendo las paredes de los corrales y las casas.

El tío Andrés, el Tartamudo ya se había adelantado y había llegado a la puerta de Maneta.

El pueblo enseguida se convirtió en un sinfín de veredas y se podía ir, siempre con cuidado, a cualquier sitio dentro del pueblo, a la fuente de la plaza, a la tienda, al bar… Seguro que Alijarde y Bragueto estaban contentos, porque sus bares se pondrían ese día como si fuera un domingo.

No hacía ventisca, así que, aunque continuaba nevando, daba gusto salir a la calle a jugar con la nieve. Mis hermanos y yo salimos y allí mismo sembramos la replaceta de “Santocristos”. La nieve estaba blanda y nos dejábamos caer de espaldas con los brazos en cruz.

Yo me había puesto un pantalón de pana que me había hecho mi madre con la pana que había sobrado de unos que le había hecho a mi padre. Mi madre me decía en broma una coplilla al hilo de los pantalones que decía:

 “Estoy loco de contento

por lo que me ha hecho mi madre.

Unos pantalones nuevos

de otros viejos de mi padre”.

 Como digo, me lo decía en broma, pues la pana era nueva y bien contento que iba yo con mis pantalones nuevos, los primeros de pana que tenía, y mis botas de goma royas.

Pasado un rato, y en vista que no paraba de nevar, mi madre se asomó a la puerta y nos dio un grito para que volviéramos a casa, pues nos íbamos a empapar.

La campana del reloj del Ayuntamiento tañía con un “toc” amortiguado y apenas audible. Ni las cabras pudieron salir aquel día; menos mal que en el cuarto del pozo, junto al carbón, tenía mi padre un saco con coles y les podría dar de comer si aquello se prolongaba.

En el corral teníamos un cobertizo pequeño que era insuficiente para todas las cabras, pero se podían resguardar también debajo de la bardera.

¿Y qué podíamos hacer allí en casa, sin poder salir?  Pues leernos por enésima vez los tebeos que guardábamos en una arquilla de madera y que ya nos sabíamos de memoria. Yo guardaba con especial cuidado los de “Roberto Alcázar y Pedrín”, los de “El Capitán Trueno” y los de “El Jabato”. Tenía más tebeos, de “El Pequeño Luchador”, de “Hazañas Bélicas”, de “Pumby”, del “D.D.T.”, del “T.B.O.”… y unos que no me gustaban nada, pero que engordaban el montón, que se llamaban “Molinete”.

Cuando nos cansábamos de leer jugábamos al “veo-veo” o a las adivinanzas. Jugar a las adivinanzas era una tontería, porque siempre decíamos las mismas y más que adivinar lo que hacíamos era reírnos a carcajadas cuando decíamos aquella de “Fui al monte, clavé una estaca y el “aujerico” me lo traje a casa”, o aquella otra de “Entre dos piedras feroces hay un hombre echando voces”. ¿Qué será que cuando se habla de mierda y de pedos a todo el mundo le entra la risa?

Mi padre se leía el “Siete Fechas”, que era un periódico semanario al que medio pueblo estaba suscrito. Mi abuelo subía a veces a mi casa para que mi padre le leyera “El Papel”, que era como él le llamaba al periódico. Pero el día era tan largo que nos cansábamos de todo.

¿Y por qué no asábamos bellotas?

En el granero, en el suelo, junto a la ventana que daba al corral, había un montón de bellotas, así que cogíamos un buen puñado y las asábamos en el horno de la cocinilla. Antes habíamos quitado el ladrillo macizo que mi madre tenía siempre metido dentro para calentarse los pies.

Mi madre decía que les hiciéramos una muesca, como a las castañas, para que no explotaran, pero a mí lo que me gustaba era precisamente eso, que explotaran, así que dejábamos siempre alguna entera. Mi madre nos reñía cuando explotaban y decía que se podía romper la cocinilla, pero nosotros le asegurábamos que todas las bellotas llevaban su muesca.

Cuando estaban asadas las sacábamos con el badil[1].

¡Qué buenas estaban las bellotas asadas! Te dejaban la lengua áspera, pero luego el agua sabía de manera especial.

Ya entrada la tarde, mi madre les decía a mis hermanas que miraran si los cántaros estaban llenos, y la botija, que aprovecharan ahora que se veía bien, no fueran a esperar a la noche para llenarlos. Lo de la botija en mi casa era una obsesión. Siempre tenía agua menos cuando mi padre quería beber. Y qué cabreos cogía con la dichosa botija; por eso mi madre insistía a mis hermanas en que estuviera llena.

Mi padre, que se había ido al bar, a pasar el rato como todos, volvió a casa contando que nadie había podido ir a la estación, y mucho menos a la mina, y que los trenes que llevaban el mineral hasta el Puerto Sagunto, que estaban de camino, vete a saber donde se habrían quedado atascados. Y nombraba a unos cuantos hombres, maquinistas, fogoneros, guarda-frenos… que trabajaban en el ferrocarril y que no habían vuelto a casa.

Cambió el tiempo, desapareció la calma y empezó a soplar el viento. Malo, ventisca.

A mi padre empezaba a preocuparle, y así se lo hacía ver a mi madre, las filtraciones de agua que a buen seguro empaparían la pared de los cantareros en cuanto la nieve regalara, y es que la cocina estaba como un metro por debajo del nivel de la calle que había tras la ventana que daba al corralucho.

Aquella noche, como en todas en las que el frío era muy intenso, mi madre nos calentó las sábanas de las camas con unas planchas que ponía a calentar encima de la cocinilla, pues meterse entre las sábanas sin calentarlas era como emparedarse con hielo.

El pueblo se quedó incomunicado. Ni venía el panadero, pues aunque estaba el horno del pueblo mucha gente lo compraba en casa de la Josefina, la madre de los Ripios —que era donde lo descargaba el tío Olegario, el panadero de Las Minas—, ni el coche correo…

Nadie se preocupaba por eso. Comida había en todas las casas, el pan siempre se lo podías comprar a alguien que amasara en el horno… ¿De qué preocuparse pues?

Aquel domingo nos quedaríamos sin cine, ya que no podrían traer la película, pero qué se le iba a hacer.

En el camino de San Antonio, un poco más allá de la casa de Agustín Viu, se hizo un ventisquero que cubría la carretera a la altura de los pajares y decían que cuanto más se subía hacia el Soto más nieve había. ¿Qué nieve no habría en las curvas deLa Venta?  

Así estuvimos varios días.

Veía cómo los pobres gorriones comían en el cobertizo del corral de mi casa del grano que mi madre les echaba a las gallinas. Los veía también metidos entre los chaparros de la bardera, inflados como pompones, resguardándose de la ventisca, porque cuando soplaba el aire el frío helaba hasta los pensamientos.

Las canaleras de los tejados se habían llenado de chupones puntiagudos y las veredas eran puro hielo, así que había que ir con mucho cuidado por donde quiera que fueras, pues te jugabas un brazo o una pierna en cualquier resbalón. Hasta el pilón de la fuente tenía una capa de hielo de varios centímetros. De vez en cuando Agustín, el alguacil, rompía el hielo con una maza para que los machos pudieran abrevar.

Pasaron algunos días, como una semana, y el tiempo empezó a mejorar.

Ahora ya se podía ir por todas partes y los chavales íbamos a las eras, donde el manto de nieve aún no había sido pisoteado y hacíamos guerras de bolos y algún muñeco de nieve.

Para hacer los ojos, la nariz y la boca, bastaba un puñado de cagarrutas de cabra.

Cuando salía el sol la nieve empezaba a regalarse[2], las calles de tierra se volvían barrizales y las canaleras parecían grifos. Los chupones iban deshaciéndose.

En el granero de mi casa había una escampada de botes y recipientes en general, cada uno debajo de su correspondiente gotera, y aquello parecía un xilófono,… din… don… dan… Habría que darle un vistazo al tejado y retejarlo, es lo que decía mi padre.

Miraba al techo y entre las vigas había muchas tablas rotas por entre las que se salía el pajuzo[3] y se veía la luz. No era pues de extrañar que hubiera tantas goteras.

Mi padre tenía razón cuando decía lo de las filtraciones, pues la pared de los cantareros parecía un manantial y había que estar constantemente secando el suelo de la cocina.

Oía a mi padre comentar que tenía que hablar con mi tío Saturnino, que era el dueño de la casa, para ver de hacer una zanja junto a la pared que evitara las filtraciones, pero eso sólo lo decía cuando llovía o nevaba, pues luego, en cuanto escampaba y salía el sol, enseguida se le olvidaba.

Ya no hacía tanto frío y los chavales salíamos a la calle a buscar el hielo de las umbrías y a hacer “esbarizaderos[4]“.

Uno de los sitios preferidos era la plaza, tirando hacia el regajo, por donde solía parar el coche correo, ya que la sombra que hacía la casa de Migueletas y la de Isarría mantenía el hielo más tiempo y el esbarizadero era largo.

¡Qué culadas nos pegábamos! Pero nos lo pasábamos bien.

A veces salía algún hombre de los que vivían enfrente con un pico y la emprendía con el hielo, diciendo que era peligroso para las personas, y nos quedábamos sin “esbarizadero”.

Respecto a esta nevada tan grande, lo peor fue que Don Ernesto no faltó a escuela más que dos o tres días. No sé cómo se las apañaba para subir desde Ojos Negros, con lo mal que decían estaba el camino. Fíjate si no se podía haber quedado en su casa, pues de no haber subido al pueblo nadie le habría reprochado nada; pero no, él tenía que subir.

Íbamos a la puerta de la escuela, como todos los días, y para calentarnos las manos y las espaldas jugábamos a “chinches y caparras”, y vaya si nos las calentábamos. Cuando ya todos nos frotábamos las manos, no sólo por el frío, sino porque pensábamos que el maestro no vendría y tendríamos fiesta, allá que aparecía él, no en la moto, como acostumbraba, sino andando, como un bulto oscuro, escondido bajo su gabán y su pasamontañas.

Algunos, los más mayores, estampaban los cepurros contra el suelo de rabia y decían tacos gordos maldiciendo al maestro, pero con eso se quedaban.

Todos a la escuela.

Don Ernesto daba dos fuertes patadas en el patio para sacudirse la nieve de las botas, se quitaba los guantes y todos para dentro a encender rápidamente la estufa y a preparar el pozal de la leche en polvo.

 Y esto ha sido todo por hoy.

Para todos los que la celebren, os deseo una feliz Navidad.

Para aquellos a los que la Navidad les sea agridulce, o pueda decirles más bien poco… un fuerte abrazo.

Y recordad: Sed felices y procurad que también lo sean quienes os rodean.



[1]Badil: Paleta metálica, pequeña, para recoger las brasas, la ceniza…

[2]Regalarse: Derretirse, hacerse agua.

[3] Pajuzo: Paja trillada

[4] Esbarizadero: Pista para patinar

La fragua de Isarría

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Uno de los primeros relatos que colgué en esta web fue consecuencia de la alusión que en  la página “fiestas y costumbres” se hacía a los músicos-rondallistas del pueblo (Pablo Urrea, Cándido, Victorino). Este relato lo titulé “La guitarra de Victorino”. Escribir este relato fue una manera de incluir a mi tío Victorino en mi particular lista de hombres ilustres del pueblo y que los jóvenes, que tal vez solo le conocían por verle, ya anciano, sentado en la puerta de Guiomar, supieran un poco más de él.

Hay otra persona a la que quiero también incluir en este “club” porque entiendo que tiene bagaje profesional de sobras  para ello, principalmente  por ser un maestro en su trabajo, algo por todos reconocido, pero también por las vibraciones de bondad y simpatía que siempre me transmitió.

La fragua de Isarría

 

 Qué suerte tenía José Andrés que podía estar en la fragua siempre que le diera la gana, no como yo que me tenía que contentar con asomarme alguna vez a la puerta, pero sin poderla atravesar, eso si no me despachaban.

Él podía porque su padre era el tío José, el herrero, al que casi todo el mundo le llamaba por su apellido, Isarría.

La fragua, tenía un olor especial a hierro forjado, a carbón, a grasa, a vapor y un poco a regajo, a tarquín.

Enfrente había un aparato con una rueda dentada muy grande y una más pequeña con una manivela que yo no tenía ni idea para qué servía. Me recordaba a los engranajes de las máquinas aventadoras

A la derecha —según se entraba— tenía colgadas en la pared montones de herraduras de distintos tamaños.

En el centro estaba el yunque sobre el que trabajaba Isarría, dando forma a las herraduras de los mulos o reparando la reja de algún aladro.

En el rincón estaba el fogón, puesto en alto a la altura del pecho. En la pared de la izquierda había un artilugio —debía ser un fuelle— que se accionaba con una manivela y que producía aire, además de un ruido como de turbina. Este aire llegaba hasta el fuego mediante un tubo.

Siempre me quedé con las ganas de darle a aquella manivela y es que las manivelas me gustaban de manera especial, la de las aventadoras, capoladoras, carraclón y, por supuesto, aquella de la fragua.

Cuando había que avivar el fuego, a una orden de Isarría alguien empezaba a darle a la manivela y el carbón chisporroteba poniéndose rojo incandescente en un santiamén.

Allí, entre el carbón, estaba la pieza de hierro, al rojo vivo —“rusiente”, decíamos nosotros— que luego Isarría moldearía en el yunque a golpe de martillo.

Las herraduras las moldeaba él sólo, pero si se las tenía que ver con un buen tocho de hierro, entonces le ayudaban uno o dos mozos con unos martillos grandísimos que accionaban con las dos manos.

Isarría marcaba con un martillo pequeño en el tocho de hierro el punto donde debían descargar el martillazo, así una y cien veces, hasta que aquello acababa teniendo la forma que Isarría quería.

Pensaba lo fácil que debía ser para Isarría hacer una horquilla de tiragomas de hierro. Esa sí que no se rompería, como las de sarga, ni se doblaría, como las de alambre, que por gordo que lo pusieras siempre acababa torciéndose. Igual un día me atrevía y le pedía que me hiciera una.

¿Pero —qué tontería estaba pensando— cómo iba a perder el tiempo Isarría haciéndome  una horquilla de tiragomas?

Pero lo que más me gustaba era ver herrar a los mulos.

No sabría decir si era porque había muchos machos en el pueblo, o porque los tenían que herrar en una época determinada, pero recuerdo haber visto muchas tardes media docena de caballerías esperando su turno para ser herradas; un día y otro día, no vayan a creer.

Isarría sacaba una cuchilla afiladísima y empezaba a cortar los cascos de los mulos para dejar un buen asiento a las herraduras. Apoyaba la pata levantada del mulo entre sus rodillas y daba unas chincharradas[1] en el casco con aquella cuchilla que me parecía que en cualquier momento iba a llegar a la carne e iba a empezar a chorrear sangre. Sentía escalofríos con solo mirarlo.

Normalmente el amo del mulo le sujetaba la pata mientras Isarría le ponía las herraduras.

Pim, pam, pim, pam… clavos y martillazos.

Ponía los clavos de dentro a fuera, de manera que le sobresalían por el lateral del casco y el herrero, Isarría, los cortaba con una tenaza y luego los remachaba.

Si el mulo era guiñoso[2] o revoltoso le ponía una mordaza en el morro —creo que le llamaban el “garrote”— y lo apretaban como si fuera un torniquete y, si hacía falta, una cuerda inmovilizándole las patas para que no coceara.

No entendía por qué le hacían daño en el morro a un animal que iban a herrar, porque aquello le tenía que hacer mucho daño, pero comentaban que este dolor que los mulos sentían en el morro les hacía estar más calmados de patas, pensando más en el dolor del morro que en la molestia de las patas.

Mi padre le tenía mucho aprecio a José Isarría y siempre decía que era un gran herrero. Si mi padre lo decía sus razones tendría. Mi padre no era precisamente muy dado a las alabanzas.

Hasta la próxima.

Sed felices y procurad que también lo sean quienes os rodean.



[1] Chincharrada: Tajo grande y profundo dado con alguna herramienta cortante.

[2] Guiñoso: Que da coces

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