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La “primera vez”

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Nuestra vida está llena de “primeras veces”.

Ya sé que hay una “primera vez” que encabezaría un hipotético ranking de respuestas ocurrentes a una pregunta como ésta, pero lo cierto es que nuestras vidas, al margen de esa “primera vez” por excelencia, están plagadas de otras muchas “primeras veces”.

Hay un día en mi vida en el que las “primeras veces” fueron tantas y se agolparon de tal modo, que cuando al final del día me vi en la cama, no sabía si estaba allí para dormir o porque acababa de despertar de un sueño. Era el mes de julio de 1963.

El contraste fue brutal. Yo tenía once años y puede decirse que nunca había salido del pueblo. Aparte de Villar del Salz sólo había estado en tres pueblos más.

En Rodenas había estado tres o cuatro veces, en diferentes años, coincidiendo con la fiesta de Los Poyales. En Ojos Negros una vez, cuando fui con mi madre a comprarme el traje de la primera comunión y en Monreal otra vez, cuando fui en el coche del cura a un certamen de religión. A Rodenas había ido en carro, sin embargo a Ojos Negros había ido en el “coche de san Fernando” por el atajo que hay antes de llegar al Barrio Centro.

El día de las “primeras veces” al que me estoy refiriendo es aquel en que salí del pueblo para ir a estudiar interno a un colegio.

Parece mentira que un día pueda dar tanto de sí en eso de las “primeras veces”, pero si os fijáis en la relación que sigue, a la vista está que sí. A lo largo de ese día hubo otras muchas “primeras veces”, pero cito sólo las más relevantes.

 

Ese día fue la primera vez que…

  • Vi llorar a mi padre. (Cuando se despidió de mí, en casa)
  • Viajé en autobús. (Me llevó a Monreal)
  • Viajé en tren. (Me  llevó a Valencia, con asientos de madera y máquina de vapor que funcionaba con carbón y que en los túneles había que cerrar las ventanillas para que el humo no entrara en los vagones).
  • Arrastré una maleta que pesaba más que yo. (O casi tanto. Y lo de arrastrar no es una exageración, pues casi no podía con ella)
  • Vi un grifo. (Fue en el patio del colegio. Había una hilera de diez pilas o más con sus correspondientes grifos. Girabas una palomilla y… ¡Salía agua!)
  • Me cepillé los dientes. (En los inmensos lavabos, con el cepillo y la pasta en la mano, miraba a ver cómo lo hacían los demás niños, cuánta pasta había que poner… aunque muchos niños venidos de los pueblos, al igual que yo, era la primera vez en su vida que se cepillaban los dientes. ¿Para qué servía cepillarse los dientes?).
  • Hice mis necesidades en un water, en cuclillas. (Era cuadrado, como un plato de ducha, con un agujero y dos pequeñas plataformas para poner los pies).
  • Dormí en un colchón de espuma. (La almohada también era de espuma. Eran blandos, demasiado blandos. Echaba de menos mi colchón de borra)
  • Cené con tres cubiertos en la mesa. (Mi madre ya me había advertido de ello. También de no comer el pan a mordiscos y limpiarme con la servilleta)
  • Me duché. (Me atemorizaba la alcachofa por donde salía el agua. Me preguntaba si tenía que ducharme completamente desnudo o en calzoncillos. El agua estaba fría, aunque al ser verano venía bien).

 

Durante los días siguientes se sucedieron otras “primeras veces”, como subir en tranvía, ver el mar, bañarme en el mar, ver un semáforo, despertarme a golpe de palmas… pero, con la experiencia adquirida el primer día, iba asimilándolo sin grandes traumas.

Iba todo el día con los ojos abiertos como platos. Mi capacidad de sorpresa y asombro no tenían fin.

¡Cuánto ha llovido desde entonces!

 

Hasta la próxima.

LA MERIENDA DE LOS HUEVOS

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Las palabras escritas a menudo son sólo vocablos que por sí solos son incapaces de transmitir lo que el escritor quiere expresar. Otra cosa muy diferente es expresarlas oralmente. Aquí el orador puede enfatizar de muy diversas maneras, en ocasiones ayudándose del gesto, haciendo que lo que dice cobre su verdadero significado, consiguiendo expresar lo que realmente pretende transmitir.

No sé si me he expresado bien, o si esta parrafada es algo farragosa o confusa. No lo complico más y voy a ir directo a la cuestión.

Supongamos que yo escribo “LA MERIENDA DE LOS HUEVOS”. ¿A qué me estoy refiriendo? Así, a bote pronto, alguien puede pensar que, tal vez, a la merienda que se meten entre pecho y espalda algunos miembros de la extensa familia de Santiago y Tomasa. Por poder ser…podría ser, pero este no es el caso.

Hay otra manera de analizar la frase.

Supongamos que un niño está de vacaciones en Villar en casa de sus abuelos. Está en su casa llorando porque su madre se empeña en que meriende, amenazándole con no dejarle salir a la calle si no se come la merienda. Severo castigo para un niño que a sus recién cumplidos siete años tiene libertad para deambular por el pueblo con sus amigos, algo que en su ciudad de residencia habitual sería impensable. El niño querría salir a la calle con su bocadillo, como hacen los demás niños de su edad, pero su madre sabe que, lejos de sus ojos, el entrepán irá a parar a cualquier contenedor de basura. Es mal comedor. La madre le obliga a sentarse delante de ella y, a pellizcos, le hace engullir, más que comer,  el bocadillo de mallorquina con queso que tanto odia. El abuelo está allí al lado compadeciéndose del nieto que entre bocado y bocado no para de gimotear, pero no interviene en su favor, aunque ganas no le faltan, para no desautorizar a la madre. De repente el niño arrecia su rabieta y sin que nadie pueda evitarlo se atraganta, se pone rojo, le dan palmadas en la espalda y acaba vomitando lo poco que ha merendado poniendo perdida a su madre.

¿Quién ha tenido la culpa? El abuelo, que se ha llevado un buen susto con el atragantón, explota.

- ¡LA MERIENDA DE LOS HUEVOS!”.

Los huevos de esta expresión, como es fácil suponer,  son huevos con piel, sin cáscara.

Sin embargo es por otra “MERIENDA DE LOS HUEVOS” por la que me intereso.

Cuando yo era mozo, acabadas las fiestas, se hacía lo que entonces se llamaba “LA MERIENDA DE LOS HUEVOS”. Estos huevos sí llevan cáscara.

Los mozos iban con cestas, casa por casa de las mozas, y éstas contribuían con una docena de huevos a la merienda que luego hacían en conjunto. El menú, como es fácil suponer, era: Tortillas, huevos fritos, huevos duros, huevos rellenos, huevos a la no sé qué… y al que no le gustaba eso pues siempre le quedaba el recurso de comer… huevos.

¿Qué fue de aquella merienda? Esta era una bonita tradición que no debería haberse perdido. Cierto que esta merienda tenía que ver con “los mayos”, pero luego hubo al menos un atisbo de que los “mayos” se convirtieran en “agosteros” con todo lo que de tradición conllevaba. Combinar la modernidad con la tradición es una sabia aspiración del hombre que siempre debemos tener presente. ¿Qué pasa porque un día se meriende huevos+huevos+huevos+huevos?

Las tradiciones hay que conservarlas, fomentarlas y saborearlas.

Una tradición que yo he “descubierto” hace pocos años es la de acudir a la plaza, a las ocho de la mañana, el día de los Poyales, para, después de darles los buenos días a Pedrico, a Francisquete…, comerme unos tortos y echarme un par de cazallas. Es un comienzo del día excelente. Probadlo y veréis. Yo no bebo cazalla en todo el año, pero ese día me está especialmente buena. Mientras esto hago, pienso que tal vez mi padre hizo muchas veces lo mismo que yo estoy haciendo en ese momento. Mi hijo Marcos también está por allí.

Los vajillos

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Los gaires que estáis en el pueblo al dos por tres, aquellos que los días que al año pasáis en él suman más de sesenta, los que, en definitiva, estáis tan acostumbrados a estar en el pueblo que ya no tenéis la necesidad de empaparos de él cada día que dormís bajo su cielo, envueltos en su magia, habéis de saber que somos muchos los gaires que pasamos hambre de pueblo y que exprimimos los días que allí pasamos como si no hubiera un mañana.

Procuro disfrutar los días que paso en el pueblo al cien por cien y cosas que para muchos pueden ser insignificantes a mí me llenan de satisfacción.

Una de las cosas que más me gustan es ir a por el pan, gastarle a José la broma de todos los días diciéndole que yo estoy delante de él, saludar a alguien a quien aún no has tenido ocasión de saludar y, eso sí, pellizcar la punta del pan y dársela a mi nieto (eso ahora que lo tengo, que antes me la comía yo). También me gusta verme sorprendido por la repentina irrupción de la voz de Manolo Escobar en la megafonía del pueblo para dar paso a la de Felicidad que nos avisa repetidas veces que está en la plaza “el valenciano” o “los de Monreal”

Por la tarde me gusta echar la partida de guiñote y también, por qué no, escuchar la escandalera que arma el Currusco cuando las cartas le vienen torcidas, que es casi siempre (Jesús: ¿Cuándo vas a aprender a jugar?), o a José María Catalán rompiéndose los nudillos al tirar las cartas y dando voces que se oyen desde el frontón mientras Jesús Capiscol intenta convencerle de que se ha equivocado. Si me toca jugar con Manolo tengo que aguantar sus reniegos, (da igual cómo juegue que para él siempre lo hago mal) aunque ahora cada vez me reniega menos; a ver si va a resultar que voy aprendiendo…

Pero lo que más me gusta es la sentada de la tarde en las mesas de madera que hay fuera del bar. El calor insoportable de hace una hora va cediendo y ahora se está de maravilla. Casi siempre nos sentamos los mismos: Victoriano y su mujer, Carmen, Begoña, Lucita, Mª Ángeles, las chicas Pérez, Ángel, Ana, Mariano… y, por supuesto, Pili, Juani y yo. Manolo es más de barra, lo que no quita para que Pili le apunte a su cuenta, cuando le parece, una ronda de cervezas.

Me pregunto cuántos miles de cervezas se habrán abierto en ese bar durante el último lustro. Muchos, sin duda. Antes, tras la barra, estaba Tito y ahora está Jesús Colín. Tito estaba tan acostumbrado a destapar cervezas que yo creo que había desarrollado un instinto abridor tal que muchas veces las habría sin utilizar herramienta alguna, sólo haciendo el gesto con la mano. Cogía la cerveza, ponía la mano encima, hacía el gesto de palanca y la cerveza estaba abierta. Era una habilidad propia de un monje Shaolin.

Claro que Jesús Colín no le anda a la zaga. Lo de Jesús es puro arte. Coge la cerveza con la izquierda, con temple, con armonía, sin manosearla mucho para no calentarla, la inclina levemente, nunca más de 20º, y con la diestra empuña el abridor y con decisión y gran precisión lo emplaza en el tapón; ahora, mirando al tendido, un leve movimiento ascendente de muñeca y ahí tenemos la cerveza abierta con sus dos milímetros de espuma en el cuello. Repito, es puro arte.

Como decía, disfruto de manera especial esas dos últimas horas de la tarde.

Respecto al barman, pues Tito lo hacía bien, lo mejor que sabía, pero Jesús tiene un plus y es que, aparte de hacerlo muy bien, abre por las noches, lo que te permite, si te apetece, tomarte un buen gin tonic antes de irte a dormir.

Gracias por tus servicios, Tito. Gracias también por tu bien hacer, Jesús, aunque tengo que reconocer que hay algo que echo de menos y es a Santiago “Huevo” recogiendo “los vajillos” de las mesas.

El cuadro

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Tengo un amigo que se llama Abdón. Vivimos en la misma calle y nos conocemos desde hace más de treinta años.

Abdón tiene una casa en Higueruelas, pueblo enclavado en la comarca de los Serranos, provincia de Valencia, y de vez en cuando vamos a su casa unos cuantos matrimonios amigos para desconectar durante un fin de semana de los ajetreos y avatares de la gran ciudad.

La última vez que fuimos a Higueruelas fue el último fin de semana de agosto. Allí lo pasamos en grande, buenos paseos por el monte, buena comida —Abdón es restaurador— buena bebida y buenas sesiones de canto y juego, que un fin de semana entero da para mucho.

Teníamos previsto volver a Valencia a media tarde del domingo, pero por un bando que dieron por la megafonía del pueblo nos enteramos que aquella tarde, a las siete, iba a haber un festival de jotas. En principio pensé que las jotas serían valencianas, pues estábamos en Valencia, pero resultó no ser así. El festival de jotas estaba a cargo de Alma con la Jota, grupo que tiene su sede en el Puerto de Sagunto y que tiene un repertorio absolutamente aragonés.

El festival se haría en la rambla de Higueruelas, que es como una pista cubierta, pero sin paredes laterales y que es donde se hacen las verbenas en el pueblo. Será de grande como tres veces el frontón de Villar.

Pues allá que fuimos con la intención de quedarnos un rato y luego partir para Valencia.

Llegamos y en el escenario habían cuatro músicos templando sus instrumentos —dos bandurrias, un laúd y una guitarra. Cuando vi a los músicos con su “cabecica atada” ya me dio un vuelco el corazón y me subió un no sé qué por la boca del estómago. De ninguna manera esperaba encontrarme en un pueblo de Valencia un grupo de jotas aragonesas.

Nos sentamos en sillas y esperamos que comenzara el festival. Subieron al escenario una docena de mujeres ataviadas con el traje de mañica y empezó el festival. Resultaba ameno, con buen ritmo y con buena dosis de gracia. Hubo jotas de todos los estilos, cantadas por hombres, mujeres, como solistas, en duetos, jotas de picadillo, bailes…

Todo aquello me había pillado por sorpresa. Al poco de empezar ya tenía yo los ojos brillantes y húmedos y mi dedo índice de cuando en cuando los relajaba llevándose alguna lágrima que no era capaz de contener.

Conforme fue avanzando el festival dejé de limpiarme con el dedo. A partir de un determinado momento fue el pañuelo el que se hartó de hacer viajes del bolsillo a mis ojos, hasta que decidí tenerlo permanentemente en la mano.

Yo notaba que la gente de alrededor, supongo que todos ellos lugareños, me miraba y algunos me señalaban con la mirada al tiempo que disimuladamente con el codo hacían notar a su vecino el berrinche que me estaba llevando.

La mujer que hacía de presentadora anunció la actuación de un jotero excepcional. Yo pensé que, por los adjetivos que le dedicaba, aquel hombre  debía ser la figura del grupo. En ese momento avanzó hacia el micro con solemnidad un hombre grueso y grande.  Cuando después de la pertinente introducción que hicieron los instrumentos de cuerda se puso a cantar, se me anudó la garganta y empecé a hacer muecas con la boca de esas que se hacen cuando uno intenta reprimir el llanto. Tenía el hombre un vozarrón descomunal y cantó con estilo y potencia, que es como se canta la jota.

Mis amigos y yo habíamos pensado estar allí sólo un rato y ya llevábamos más de una hora. Yo lo sentía por mi amigo Paco que no estaba disfrutando mucho del festival y que para colmo no podía irse sin mí porque habíamos venido de Valencia en su coche y en él tenía que volver. Ya le he dicho a Paco que se la apunte.

El festival parecía llegar a su fin cuando de repente se levantó uno de los que tocaba la bandurria . Nada más dar el primer paso se tropezó con un soporte de micro que tenía delante y se hubiera caído de bruces a no ser por la ayuda del hombre grueso. Parecía llevar el hombre media tajada, pero salí de mi error cuando lo vi apoyar su mano en el antebrazo de su compañero y desplazarse como lo hacen los invidentes. El músico era ciego.

La mujer presentadora utilizó calificativos de alabanza para presentar al ciego que rayaban en la exageración. Mi sorpresa fue mayúscula cuando dijo que aquel hombre, José Manuel Ibáñez, era el actual campeón de jota aragonesa. ¡Pues menudas credenciales! Todos estábamos expectantes.

Los músicos le dieron la introducción y el tal Ibáñez se arrancó a cantar con una voz potente y clara como yo jamás había oído. Puedo jurar que me llegaba al alma. Sólo cantó dos jotas, suficiente para poner al auditorio en pie y para hacer que me pusiera a llorar como un niño, lo que motivó que todos los que estaban a mi alrededor estuvieran más pendientes de mis lloros que del festival. Pero no lloré solo, pues mi amigo Abdón, solidario y contagiado por mi emoción, acabó llorando como yo.

A mi alrededor la gente aplaudía, sonreía y alababa al jotero. Entre tanto mi amigo Abdón y yo nos secábamos las lágrimas mientras nuestras mujeres nos miraban sorprendidas y perplejas.

Resumiendo, que aquel domingo en Higueruelas, mi amigo Abdón y yo, sin tener ni idea de pintura, “hicimos el cuadro”.

Hasta la próxima, amigos.

Y lo de siempre: sed felices y procurad que también lo sean quienes os rodean.

De cuatro a once

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Esta web la he utilizado en múltiples ocasiones para intentar, a través de mis relatos sobre Villar del Salz, haceros pasar un rato agradable.

En esta ocasión, entendiendo que cuento con vuestro beneplácito, la voy a utilizar para promocionar un libro de mi autoría: “De cuatro a once”. Este libro trata exclusivamente sobre Villar del Salz

Hace un par de semanas publiqué en Facebook una reseña en la que se anunciaba la edición de este libro, sin embargo hay muchos usuarios de Internet que no están en esta red social y que por tanto no se han enterado de esta reseña.

Estos son los datos del libro:

Título: De cuatro a once
Subtítulo: Villar del Salz 1955 – 1963
Autor: Enrique Urquiza López
Formato: 170 X 240
Nº de páginas: 298
Precio: 10 Euros

 

 

Esta Semana Santa tengo intención de ir al pueblo. Llevaré algunos ejemplares del libro para atender compromisos ya adquiridos. Echaré alguno de más por si alguien se interesa. Os recuerdo que es una edición limitada.

Os agradecería vuestra colaboración en la difusión de la existencia de este libro. Hay personas que no utilizan Internet. Si son de vuestro entorno y tienen algún vínculo con Villar del Salz, hacedles saber que este libro existe y puede comprarse. Insisto en que la edición es limitada.

Gracias anticipadas por vuestra colaboración.

El tío Juan Pedro

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Aunque no tenemos evidencia, es un hecho que las carencias culturales de nuestros abuelos, o bisabuelos, aquellos que nacieron en las últimas décadas del siglo XIX, eran notables, bastante más que las de nuestros padres, pero nada se les podía reprochar pues vivían en los tiempos que vivían y generalmente su desarrollo intelectual permanecía aletargado durante toda su vida por falta de estímulo.  No obstante, la escasez de cultura no era óbice para que de vez en cuando afloraran otras cualidades retóricas como la ironía o el sarcasmo.

Esto que os cuento lo sé de oídas. No me gusta recrear escenas que no he vivido, pero no me resisto a hacerlo al contar estas anécdotas.

El tío Juan Pedro era el padre de la tía Consuelo y suegro del tío José “Pericotas”. Todos ellos, matrimonio, seis hijos y abuelo, vivían en la primera casa del Barrio Bajo que hay conforme se entra al pueblo por la carretera de Las Minas. Yo recuerdo a este hombre, ya muy anciano, pero creo que jamás crucé una palabra con él. No tengo conocimiento del carácter o temperamento del tío Juan Pedro, pero creo que las dos anécdotas que de él voy a contaros son reflejo de su condición de aragonés pícaro y socarrón.

Ahí va la primera

Cuentan que un día charlaban el tío Juan Pedro y el tío Pedro, el padre de Celia y de María “la Maneta” (abuelo de José Miguel, de Lucita, de Pedro Joaquín, de María José) y que éste alardeaba de haber viajado en toda clase de vehículos, lo que para aquella época, dada la zona rural en que vivían, era algo insólito.

—Yo, Juan Pedro, he viajado en todo tipo de transporte, en coche, en tren, en avión, en barco…

A lo que el tío Juan Pedro respondió.

—Pues yo, Pedro, sólo he viajado en trillo, pero muchiiiiiismo rato.

 

Ésta es otra anécdota que refleja el agudo sentido del humor del tío Juan Pedro.

 

Venía un día mi abuelo Juan Domingo del Tajado —ambos eran de edades parecidas— y pasó por delante de la casa del tío Juan Pedro. El hombre estaba allí tomando el sol y mi abuelo se paró.

—Hombre, Juan Pedro, cuánto tiempo hace que no te veía. Mira si hace tiempo que creía que te habías muerto.

A lo que el tío Juan Pedro, con buenos reflejos y sentido del humor, respondió.

—Pues no, Juan Domingo, ya ves que no me he muerto. Vamos, que si me hubiera muerto igual te lo diría.

Respuesta de fino humor que habría firmado el mismísimo José Luis Coll.

 

Esto es todo por hoy.

Sed felices y procurad que también lo sean quienes os rodean.

El volquete de Saturnino

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En el Villar del Salz de los años sesenta –siglo pasado– a efectos de actividades económicas, había una clara división en las familias del pueblo: las labradoras y las mineras. Luego estaban las minero-labradoras que, si bien su principal fuente de ingresos provenía de la mina, aprovechaban las vacaciones y las fiestas de guardar (expuestos a la intransigencia del párroco de turno por contravenir el tercer mandamiento “Santificarás las fiestas”) para trabajar las tierras que tenían, aunque en estos casos lo normal es que éstas fueran más bien escasas.

En mi casa pertenecíamos al grupo de los mineros, a secas. No teníamos hacienda, ni, por consiguiente, carro ni machos. ¿Sería por eso que los carros y los machos tenían para mí el atractivo que suele tener aquello que no forma parte de nuestra vida cotidiana?

En los once años que viví en mi pueblo nunca aparejé ningún carro, entre otras cosas porque con mi escasa altura y la escasa fuerza de mis brazos habría sido incapaz siquiera de poner la silla encima del macho, o de hebillar una retranca.

En mi casa, pues, se hablaba de canteras, mineral, vías y trenes, nunca de carros o machos, sin embargo, paradójicamente, a mi familia pertenecía el carretero del pueblo por excelencia: el tío Saturnino. Lo poco que sé de carros y machos es por haberle visto a él.

Mi tío Saturnino, labrador desde siempre, tenía pasión por los machos y los carros. Cuando yo era niño, en el pueblo habría como un centenar de machos y, aproximadamente, la mitad de carros. Esta cantidad fue decreciendo en proporción directa a la penetración del progreso en nuestra comarca para, en pocos años, desaparecer casi por completo. Y digo “casi” porque, contra viento y marea, ahí estaba el tío Saturnino que, en plena década de los noventa, aún iba arriba y abajo con su carro, al que obligatoriamente tuvo que sustituir las llantas metálicas –llegaron a prohibirse— por unas ruedas neumáticas hinchables. Supongo que al principio le aburriría no oír el característico ruido de la llanta metálica contra el suelo (igual que a Atahualpa Yupanqui le aburría el silencio de los ejes de su carreta, por eso no los engrasaba) pero se tendría que aguantar.

Era octogenario y aún era capaz de aparejar el carro e irse al prado a sacar patatas con el legón.

Recuerdo con especial emoción aquel día en que, henchido de orgullo, hizo con su carro un último servicio a la comunidad. Daría cualquier cosa por tener una fotografía que ilustrara aquel acontecimiento.

Eran las fiestas de agosto, fiestas que en el pueblo siempre fueran en mayo, pero que, debido a la despoblación, se trasladaron, como en otros muchos pueblos de la comarca, al tradicional mes de las vacaciones.

La noche anterior había habido verbena en la plaza y la propia plaza y las calles adyacentes estaban sembradas de vasos de plástico y suciedad en general. Aquella mañana, pues, como cada mañana después de noche de verbena, parte de la comisión de festejos estaba encargada de recoger toda aquella basura y dejar plaza y calles limpias. Podía verse la basura en varios montones. Al parecer la comisión no había comprado bolsas industriales  de basura en las que meter aquellos montones y no sabía qué hacer con ellos.

Alguien sugirió pedirle al tío Saturnino el carro y el macho. Al poco rato, mi tío se presentó en la plaza con su macho y su volquete con los cuatro tapiales colocados. Con palas fueron echando todo arriba del carro, del que no se caía absolutamente nada.

Los chiquillos, para los que entonces ver un macho y un carro de varas era un acontecimiento, acabaron por subirse todos encima del carro, sin importarles los vasos con restos de bebida que seguro les pusieron perdida la ropa, cuando menos de cintura para abajo.

Cuando acabó de recoger toda la basura, se fue directamente a vaciarla al basurero del pueblo.

Puedo asegurar, por haberlo visto, que encima del carro, y encima de la basura, iban no menos de media docena de críos, algunos de ellos acompañados por sus padres o abuelos que iban caminando alrededor del carro. Los adultos acabaron cediendo a los deseos de los niños, para los que era mucho más divertido subirse a aquel carro tirado por un macho que al trenecito de colores, a motor, que hacía un recorrido durante toda la mañana por las calles del pueblo.

Mi tío, como antes decía, iba todo orgulloso de que, a pesar de tanto coche, tanto tractor, tanto remolque y tanta furgoneta, hubieran recurrido a él para hacer aquel servicio.

Seguro que si la comisión de fiestas hubiera sabido con antelación el éxito del tío Saturnino y su carro, lo habrían incluido en el programa de festejos.

 

10.00 Limpieza de la plaza y calles adyacentes a cargo de la comisión con la colaboración especial de “El tío Saturnino y su volquete”. Los niños podrán contemplar de cerca un carro de varas tirado por un macho y podrán subirse a él siempre que vayan acompañados por una persona adulta.

 

Nadie amó carros y machos más que él y nadie disfrutó de su condición de carretero como él.

Hasta la próxima.

Sed felices y procurad que lo sean también quienes os rodean.

 

Sacando chustas

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A los niños les gusta jugar de múltiples maneras, alguna de ellas  insólita, a priori, para la mentalidad de un adulto. Es bastante corriente que a un niño pequeño le regalen un fantástico juego de esos que los adultos llaman didácticos y que deje a un lado las maravillosas y multicolores fichas con las que supuestamente tiene que entretenerse para acabar jugando con la caja, o envoltorio de las propias fichas.

Hay muchas formas con las que un niño puede entretenerse, pero la que voy a citar ahora es rara, pero rara, rara.

No me digáis que no es raro que un niño se divierta golpeando una piedra con otra. Pues eso es ni más ni menos lo que, a veces, hacíamos los niños de mi época, sobre todo por la noche. El entretenimiento era de lo más barato.

 

 

Sacando chustas[1]

 

 

Era verano.

Aquel día se había hecho de noche un poco antes de lo normal porque el cielo estaba semi-cubierto. Las sombras habían llegado sin haber visto ponerse el sol tras la Atalaya. Por la tarde había habido un amago de tormenta que a la postre no dejó más que cuatro gotas que apenas mojaron las calles del pueblo. La tormenta había derivado hacia Ojos Negros y en Villar apenas habían quedado algunas nubes en el cielo. Las que había tras la Atalaya, ahora que era de noche, de vez en cuando se iluminaban, cuanto apenas, reflejando como flashes los relámpagos de alguna tormenta lejana. Los relámpagos estallaban tan lejos que al pueblo no llegaba el ruido de los truenos.

En casa ya habíamos cenado, así que salí a la calle. No había otro niño más que yo.

Los chavales del barrio teníamos costumbre de salir a jugar un rato después de cenar. Algunos hombres y mujeres salían también a sentarse en los poyos a tomar la fresca.

En la calle olía a tierra y a paja húmeda proveniente del campo arrastrojado.

A la débil luz de la bombilla que había en la esquina del Cantón, me sorprendían las siluetas de algunos murciélagos que, esquivando los cables de la luz, planeaban sin tregua tras los mosquitos.

Aquella noche aún no había salido nadie, ni siquiera Conchita, que se había quedado a ayudar a mi madre a recoger la mesa, así que, mientras esperaba, agarré un guijarro de la calle y me fui a la esquina del Cantón, justo debajo de la bombilla que había en la plaza.

En la esquina, apoyada en ella, había una piedra grande puesta de pie, también de guijarro. No sé para qué estaba allí, pero debía ser por algo, pues en casi todas las esquinas del pueblo había puestas piedras parecidas. A lo mejor era para evitar que los carros se engancharan en las esquinas de las casas al girar, o para que mearan allí los perros. Vete a saber.

Con el guijarro que llevaba en la mano empecé a golpear al de la esquina y saltaban chustas y más chustas. Instintivamente cerraba un poco los ojos para protegerme, pues de cuando en cuando me salpicaba a la cara algún cachico de guijarro.

Cada vez le daba con más fuerza y notaba el olor a quemado de las chustas.

Al momento vi salir a la calle a Tere, José María y Manolito. Allá abajo, en la plaza de la fuente, vi que estaban Faustino, Miguel Ángel, Aurora y Ramiro. Éste se entretenía dando vueltas sobre sí mismo apoyadas las ingles en el hierro de la fuente que hacía de barandilla.

José María se acercó a la esquina donde yo estaba y cogió otra piedra para hacer lo mismo que yo.

Allí estuvimos un rato sacando chustas en un desafío pirotécnico hasta que salieron Conchita, María José, Pedro Joaquín, Aurora, José Vicente, Bienvenida…

¡Hala, a jugar a “Tres navíos” ¡

 

Hasta la próxima.

Sed felices y procurad que lo sean quienes os rodean. Ya sé que en estos tiempos la felicidad está más cara, pero peleemos por ella.

 

 



[1] Chusta: Chispa, partícula encendida.

El muro

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El muro. Comentario del autor

 

Aunque soy nacido en Villar del Salz,  ya sabéis que vivo en Valencia desde casi siempre y voy por el pueblo más bien poco, mucho menos de lo que quisiera. No es de extrañar, pues, que acontecimientos o noticias que en el pueblo son de dominio público, acaben llegando a mis oídos, a veces, como en este caso, algunos años después.

Hace unos cuantos veranos, estando de vacaciones en el pueblo, en el mes de agosto, una tarde me fui al monte simplemente a patearlo, a aspirar su aroma y a coger un manojo de espliego. En esas estaba cuando me sorprendió ver un muro en la ladera del monte, unos metros más adentro de donde terminan las piezas. Me acerqué y allí estuve, mirando y remirando, intentando encontrar una razón que justificara la hechura de aquel insólito muro. No la encontré.

Cuando, ya de vuelta al pueblo, lo comenté a algunos amigos, éstos se reían, incrédulos, porque pensaban que les estaba vacilando. Ninguno creía que aquel hecho, comidilla de la vecindad durante mucho tiempo, fuera una novedad para mí.

Abel me decía que probablemente yo era el único del pueblo que no sabía de la existencia  del muro que el tío Joaquín Sisimula había hecho en el Humedal.

Me enteré en aquel momento de que el tío Joaquín había despedregado una pieza que tenía pegada al monte para plantar azafrán y que con las piedras resultantes del despedregue había hecho el muro “herencia para mis nietos”, como él mismo decía.

El muro del tío Joaquín era un muro absurdo, no tenía sentido, no servía para nada, y sin embargo allí estaba “herencia para mis nietos”.

Según me contaron, el tío Joaquín Sisimula, que por aquel entonces ya era casi octogenario, echó meses en hacer aquel muro que en teoría no servía para nada, aunque me da que el tío Joaquín no pensaba lo mismo y lo hizo con la mayor de las ilusiones “herencia para mis nietos”, sin importarle que la gente pusiera en entredicho el buen funcionamiento de sus neuronas.

Seguramente el tío Joaquín no buscaba ningún reconocimiento, tampoco sé si tuvo alguno. El mío sí lo tiene, póstumo, pero lo tiene, aunque éste se reduzca a la dedicatoria de este simple relato.

Nada tiene que ver la personalidad del Malaquías del relato con la del tío Joaquín, sin embargo les une el hecho de que, con gran esfuerzo, ambos hicieron un muro absurdo en el monte, aduciendo razones que nadie comprendía, y ambos fueron incomprendidos y criticados hasta el punto de que fue cuestionada su cordura.

 

 

El muro

 

Como este es un relato bastante extenso, no voy a colgarlo aquí, como entrada, sin embargo sí está colgado en esta misma web en el apartado “RELATOS”.

Para una lectura más cómoda, por una mejor edición, remito al lector a una biblioteca electrónica.

El enlace es:

 

http://www.xiloca.com/data/Bases%20datos/Literatura/SL_H_21_46.pdf

 

 

Copiar, pegar y… a leer.

Las neuronas de Adolfo Urrea

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Ya estaba harto de tener que dar patadas a la puerta para poder entrar a casa.

La puerta de mi casa era de hierro y estaba pintada de negro, así que cuando llegaba el buen tiempo, al estar encarada al sol, cerrada meses y meses, sin ninguna ventilación, el hierro cogía una temperatura tal que dilataba puerta y marco hasta el punto de no poder abrirse si no era al más puro estilo Corcuera, es decir, a patada limpia. Traté de rebajar los perfiles de puerta y marco con una radial, pero ni por esas.

Me dije que ya estaba bien de padecer, así que encargué una puerta de aluminio en una carpintería metálica de Monreal. A las dos o tres semanas la puerta ya estaba en casa. Ahora se trataba de ponerla.

Para poner la nueva, había que, lógicamente, quitar la vieja.

Aunque me paso los días en la oficina entre papeles y teclados, no le hago asco al bricolaje, así que me dije que tampoco debía ser tan complicado quitar y poner una puerta. Yo, inocente de mí, pensaba que con un buril y una maza en cuatro martillazos la puerta estaría quitada. No contaba yo con que los albañiles de antes no escatimaban con las mezclas de cemento. Aquello era casi cemento puro.

Pedí herramientas prestadas a mi prima Mariavi y empecé a desanclar el marco. Ya llevaba media hora larga dale que te pego a maza y buril y ni siquiera había desanclado uno de los siete anclajes que llevaba el marco y lo peor es que después de tanto mazazo tenía un hormigueo en el brazo que me impedía golpear el buril con la fuerza necesaria para que hiciera mella en la pared.

Menos mal que acertó a pasar por la plaza del Cantón José Mari. Al oír los mazazos se acercó a ver qué faenaba. Al verme tan apurado me dijo que para quitar el marco de la puerta lo mejor era utilizar un martillo eléctrico. ¡Mira qué listo, un martillo eléctrico! ¿Y de dónde sacaba yo un martillo eléctrico? José Mari me dijo que Pablito Urrea tenía uno.

Pues en casa de Pablito (lo siento, Pablo, pero tú siempre serás “Pablito” para mí) estaba mi salvación. La anterior vez que había estado en el pueblo ya tuve que recurrir a él para que me dejara una guía pasacables.

Me acerqué a casa de Pablito y nada más traspasar la reja di un vistazo al espléndido jardín que tiene frente a la casa.

En la puerta estaba el tío Adolfo sentadico en una mecedora. Debajo del pantalón del pijama se le adivinaban las piernas vendadas. El tío Adolfo tendría más de noventa años y seguramente, sin exagerar, hacía décadas que no había hablado con él.

Me acerqué a él y le pregunté cómo estaba. Él me respondió que “ya ves, aquí al solecico, aguantando”. Para que el tío Adolfo no tuviera la sensación de estar hablando con un desconocido, y para darle confianza, apoyé mi mano en su hombro y me acerqué para que pudiera verme bien.

-Tío Adolfo ¿Sabe quién soy?

A partir de ciertas edades las personas mayores pierden interés en aprenderse los nombres de los más jóvenes, de modo que éstos acaban siendo para ellos “el muchacho de fulano”, “el nieto de mengano” o algo parecido.

Yo esperaba una de estas respuestas, o esta otra tan típica de los pueblos “tú, por la pinta,  debes ser de…”

Craso error. El tío Adolfo me miró y sin titubear ni un momento me dijo.

-Tú eres Enriquito, el de la Mercedes.

Me qué asombrado. Una persona de más de noventa años, con la que no había hablado en décadas, me reconoce y además sabe mi nombre. ¡Asombroso!

Qué neuronas tenía el tío Adolfo. Ahora sí que no tengo ninguna duda en que hay neuronas… y neuronas.

Por cierto, que con el martillo que me prestó Pablito quité el marco de la puerta en un visto y no visto. La nueva me la puso Octavio. Le ayudé en lo que pude. Yo sólo habría sido incapaz.

Hasta la próxima.

Mi recomendación permanente: Sed felices y procurad que lo sean quienes os rodean.

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