O me lo parece a mí, o los niños actuales no tienen ni por asomo el espíritu depredador que teníamos los de la década de los cincuenta.
Ahora en las casas hay mascotas como perros, gatos, pájaros… Cuando yo era niño los perros se tenían o para cazar, o para ayudar a los pastores con el ganado, o para guardar la casa… Los gatos exclusivamente para cazar ratones. ¿Y los pájaros? No recuerdo haber visto en las casas jaulas con pájaros. Por no decir que en ninguna, diré que en casa de Pedro Joaquín “Maneta” sí tenían un pájaro en una jaula, aunque no era un pájaro autóctono, sino un periquito azul y blanco.
Los pájaros siempre estaban en el punto de mira de nuestros tiragomas, o de los rifles de perdigones. Los pájaros tenían para los niños de mi época un atractivo especial, así que no es de extrañar que en la época de los nidos una de nuestras distracciones predilectas fuera esa, la de buscar nidos.
Los nidos
Cuando llegaba el verano, buscar nidos era una de mis diversiones preferidas.
Me encantaba mirar en los agujeros de las paredes, en el interior de los enebros, en cualquier parte que yo pudiera suponer que un pájaro pudiera anidar.
No estaba yo muy satisfecho de mi habilidad en encontrarlos, que para eso se las pintaba solo Alfonso, el Chatico.
Chatico siempre se sabía nidos de todas las clases. En más de una ocasión estuve tentado de seguirle y ver cómo hacía para encontrarlos, pero cualquiera adivinaba cuándo iba a buscar nidos. Era un experto en todo lo relacionado con pájaros. Hasta tenía una red con la que cogía montones de colorines y cardelinas en el río, por la fuente Arriba.
A lo largo del río, estratégicamente, atados a las junqueras y a las sargas, ponía papelicos de colores, como si fueran espantapájaros, para que éstos fueran a beber a donde él tenía preparada la red.
Se camuflaba detrás de una junquera y cuando había pájaros bebiendo pegaba un tirón cerrando la red. Sólo buscaba pájaros cantores, así que a los gorriones los soltaba.
¡Qué envidia me daba la jaula llena de pájaros!
Yo creo que Chatico aprendió esto de los valencianos —yernos de la tía Oliva— que venían a veranear y que se entretenían con lo de los pájaros.
Pero estaba refiriéndome a los nidos.
Con otros chavales nos cambiábamos nidos como quien cambia tebeos o cromos.
Cada uno tenía un valor. El de gorriones no tenía ninguno, ya que había nidos en cualquier agujero, en las casas, en los pajares, hasta en las paredes de los huertos. Y no digamos en la fachada de la casa de la tía Benedicta, la de la tienda, que estaba llena de agujeros y en cada uno había un nido.
Los de colorines y cardelinas eran los más valiosos.
Cuando cambiabas un nido —”… yo te digo uno de colorín si me dices uno de cardelina…”— había que tener la picardía de no aceptar cambios sin matizar el estado del nido, si era con huevos, si tenía porretones o si los pájaros tenían ya plumas.
Cuando alguien te decía que los pájaros del nido tenían plumas lo más normal era que te quisiera engañar. Te decía lo de las plumas para llevarte a un nido viejo y decirte que los pájaros ya se habían ido, así que cambiabas un nido por nada.
Una vez le enseñaron a un chaval un nido en la pared del chorrillo, al lado de la zarza que había enfrente del huerto del tío Joaquín el Rosindo, y antes de llegar al agujero le dijeron que la “pájara” estaba dentro del nido. Le recomendaron que se acercara despacico y que metiera la mano para cogerla.
¿Que si la cogió? En vez de la “pájara” lo que cogió fue un zurruto de mierda que alguien se había entretenido en meter en el agujero.
Lo que digo, que no te podías fiar.
Me gustaban los nidos con huevos, que les podías hacer el seguimiento, “… Ya hay porretones, ya tienen plumas, ya se han ido…”. Eso sí, había que tener cuidado de no tocar los huevos porque si no la madre los podía aborrecer.
Una vez, hablando de nidos, Chatico decía que cuando en el nido ya hay porretones las madres tienen que llevarles gusanos, saltamontes, o cualquier otro insecto, para alimentarlos; de manera que no había más que esperar a ver un pájaro con algo de comida en el pico y seguirlo, porque acabaría yendo al nido.
Tenía sentido lo que Chatico decía y, visto así, no debía resultar muy difícil encontrar alguno.
Una tarde me fui por el camino del abrevadero a unas piezas que había más adelante, donde se terminabala Veguilla.
No fui allí por casualidad, sino porque ya había visto montones de colorines unos días antes que había ido a las piedras de la Loma a jugar con los chavales.
Me quedé allí, en un ribazo de una pieza plantada de pipirigallo, y miraba y miraba a los pájaros que pasaban. Algunos sí llevaban algo en el pico, pero iban a parar a los campos colindantes de trigo y a uno que había, más abajo, de avena.
No hubo manera de encontrar nido alguno.
Entré un sinfín de veces en los campos de trigo siguiendo a las posibles madres y al principio tenía cuidado de no pisar mucho, pero al final no miraba por donde pisaba y machacaba mi frustración al mismo tiempo que las espigas, todavía casi verdes. Si me llega a ver el amo del campo no sé lo que me habría hecho.
Ese día me volví al pueblo sin nada positivo, pero aprendí algo que me serviría para hacer una nueva tentativa otro día. Había aprendido que había que ir a lugares abiertos y con poca vegetación a observar a los pájaros con algo en el pico, donde ellos no se pudieran ocultar fácilmente.
A los pocos días me fui a la Loma, allí donde termina la era del tío Joaquín Sisimula, y me puse a mirar los pájaros.
Allí lo que había eran zorribalbas y burrapastoras, mucho más gordas que los gorriones y los colorines y mucho más fáciles de ver, por su tamaño.
Vi a una zorribalba que llevaba algo en el pico y que se paró al lado de unos cardos. Me dije ” ahí debe estar el nido “, y fui corriendo hacia allí.
Cuando estaba a unos metros, la zorribalba voló con su pico cargado. Ni nido ni nada.
Al principio no entendía a qué narices se había parado en aquellos cardos, pero después de pensar un poco llegué a la conclusión de que lo que había hecho era coger algún otro saltamontes y cargar más el pico.
Entonces, si yo estaba en lo cierto, de lo que se trataba era de mirar un pájaro con el pico cargado, seguirlo sin molestarlo durante los vuelos que fuera necesario, y ver cuándo alzaba el vuelo con el pico vacío. Eso indicaría el lugar del nido, donde habría dado los insectos a las crías.
Pues estaba en lo cierto. Utilizando este procedimiento conseguí encontrar un nido de zorribalba, con unos pajaricos ya con casi todas las plumas.
Lo que más me sorprendía era el camuflaje perfecto del nido en el terreno. Vamos, es que estabas encima mismo y no lo veías. Yo lo vi porque la zorribalba esperó a abandonar el nido a que yo estuviera a no más de dos metros.
Aquel nido no lo cambié por ninguno porque estaba muy lejos y a nadie le apetecía ir al alto de la Loma a ver un nido con pájaros ya emplumados, pues lo más seguro es que, al verse descubiertos, la madre se los hubiera llevado fuera del nido.
Yo nunca desmantelé ningún nido que no fuera de gorriones.
La pared de atrás del cine, la que daba a la era del tío Pedro Pablo, me la conocía agujero por agujero y canalera por canalera.
¡Pues no habré yo desmantelado nidos en aquella pared!
Íbamos Faustino Curujas y yo, pero Faustino nunca subía, no sé yo si es que le daría miedo o igual tenía vértigo, vete a saber, pero nunca subía.
Yo sentía una rara sensación, tal vez intuía el peligro que todo aquello suponía, pero en cuanto llegaba a las canaleras se me olvidaba todo y podía más el espíritu del niño depredador que el del temeroso.
Escalaba por el tejado del water del cine, más bajo que el del salón, que estaba pegado a la pared de la iglesia, y desde allí me recorría de derecha a izquierda toda la pared, mirando canalera por canalera y haciendo un seguimiento a cada nido para ver cuándo los pájaros estaban a punto y cazarlos.
Una vez me pegué un buen susto, porque en la parte izquierda de la pared, casi al final, estaban los agujeros rebocados con yeso y no había donde apoyar los pies, por lo que no se me ocurrió otra cosa que registrar las últimas canaleras desde el tejado.
Allí que me subí —con qué facilidad escalaba— y me tumbé asomando algo más que la cabeza y alargando el brazo hasta poder hurgar en las canaleras. En unas cuantas me fue bien, pero había una teja medio suelta y se cayó. Casi me voy detrás de ella, y a Faustino, que estaba debajo de maestro de ceremonias indicándome los agujeros y las canaleras, le cayó la teja a un palmo.
Pues no escarmenté, porque seguí subiendo al tejado hasta que un día me vio el tío José Pericotas y se lo dijo a mi madre, “… Mercedes, veas de decirle a tu pequeño que no suba al tejado del cine que es peligroso…”.
Me quedé resentido con el tío Pericotas. Ya ves tú si no tendría otra cosa mejor que hacer que ir a chivarse a mi madre. El hombre por bien lo hacía, pero yo no lo entendía así.
Mi madre debió pensar que yo no le iba a hacer mucho caso si me prohibía subir a los tejados, pues yo le decía a todo que sí y luego hacía lo que me parecía, así que se lo dijo a mi padre y él a mí, que las cosas que decía el padre adquirían inmediatamente un grado de importancia mayor.
Y es que la madre podía reñirte y darte uno o cien cachetes que no pasaba nada —cachetes de madre a fin de cuentas—, pero si era el padre el que te reñía, a instancias de la madre, es que las cosas ya habían pasado a mayores. Por eso mi madre, y supongo que todas las madres en general, me amenazaba con “decírselo al padre”.
Mi madre lo utilizaba como amenaza, pero rara vez lo cumplía, porque el padre, en la mayoría de los casos, no se podía limitar a reñirte sin más, por aquello de que había sido llamada a comparecer la máxima autoridad de la casa, sino que debía de acompañarlo con algún bofetón que refrendara lo excepcional de la represión.
Por suerte para mí no hubo bofetón, pues mi padre nunca me pegaba. Mi padre me decía, con toda la seriedad que podía aparentar, que no sólo era el peligro de poder caerme y romperme la crisma sino que podía romper las tejas y luego se las podían hacer pagar. Acepté la reprimenda, pero yo seguí subiendo al tejado, eso sí, con mucho cuidado de donde pisaba para no romper las tejas, y mirando de vez en cuando hacia la casa del tío Pericotas, por si le veía aparecer.
Cuando bajaba de la pared, o del tejado, a veces me quedaba mirando la torre de la iglesia y sentía una gran frustración.
Nosotros allí, cazando nidos de gorriones, y allí mismo, en la torre, montones de nidos de palomas sin poder ni verlos.
Siempre me quedé con las ganas de cazar algún nido de paloma. Con las que había en la iglesia y me tenía que contentar con verlas posadas en los respiraderos de las bóvedas o en el tejado de la torre, ronroneando, con sus azulones pechos inflados.
Me había contado Miguel Angel, el Ripio, que una vez el cura, Don Arcadio, dejó que los monaguillos entraran en las bóvedas a coger pichones, pues por lo visto había tal abundancia de palomas que estropeaban los tejados y que era conveniente disminuir su número, dijo el cura para justificar el saqueo.
No sé si sería por eso o porque a alguien, cura incluido, le apetecería una buena fritada de pichones, porque las palomas tenían fama de tener la carne dura, pero los pichones, que no me digan, debían estar tiernos y bien buenos.
Recordando lo que me habían contado, le decía a Don José, el cura que vino después de Don Arcadio, que si no había demasiadas palomas en la torre, que al paso que crecían iban a destrozar el tejado. Se lo decía para ver si se le ocurría lo de patear las bóvedas y lo de los pichones, pero supongo que nunca comprendió el porqué yo le decía que había demasiadas palomas, y es que no me atrevía a decirle abiertamente que fuéramos a pegarle una batida a los pichones, que eso se le podía decir a los monaguillos, pero no al cura.
A Agapito sí se lo decía de vez en cuando y le recordaba la medida que había tomado Don Arcadio, pero él no me hacía ni caso, así que acabé por resignarme a ver las palomas desde lejos.
Volviendo a los nidos, había uno de “bubuta” —en buen castellano abubilla— en un pajar de los que había en el camino de San José.
Me lo enseñó Tomás “Masada”, pues él vivía no muy lejos de allí y se debía conocer todos los nidos de los pajares.
Como Tomás era primo de Alfonso el Chato, se le debía de haber pegado algo del interés por los nidos y los pájaros.
Tomás había convertido la ventana de su casa que daba a la calle en una jaula, con su taza de trigo y su bote de agua, y en ella, tras la tela metálica, había una cría de codorniz.
Pues, como decía, me llevó hasta el pajar y me señaló el agujero donde estaba el nido.
Igual me lo enseñó para reírse de mí —vete a saber—, pero lo cierto es que yo metí la mano en el agujero y allí estaban los porretones de bubuta. Antes de meter la mano me acordaba yo de lo que le había pasado al que metió la mano en el nido de la pared del Chorrillo, pero como vi que la bubuta madre estaba por allí cerca, peinando y despeinando su cresta, intentando distraer nuestra atención para que dejáramos el nido en paz, pensé que el nido era de verdad.
Toqué a tientas los pajaricos, blandos y calenticos, saqué la mano del nido y aquello olía peor que la mierda, sin embargo, no llevaba la mano más sucia de lo normal, es decir, alguna cagada de porretón entre los dedos.
Luego resultó ser —que yo no lo sabía— que las bubutas tiraban un líquido apestoso cuando se veían en peligro y por eso olía tan mal.
Fíjate si olería mal que mi madre se dio cuenta nada más entrar en casa. Seguramente me debí restregar las manos en los pantalones y el olor se quedó allí pegado.
Otro nido del que me acuerdo, por su rareza, era uno de mochuelos que encontramos mi padre y yo en el Albergue del Kilómetro-3, el que hay al empezar el camino dela Rinconada.
El nido estaba en el umbral de la puerta, debajo de la viga.
Siempre que pasábamos por el albergue me asomaba para echar un vistazo porque mi padre me había contado que en una ocasión que él se asomó había dos conejos dentro.
Cuando me asomaba no veía nada por el contraste de la luz exterior y la oscuridad de dentro, así que tenía que esperar un rato para poder ver.
Aquel día, mientras esperaba en el umbral a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad, oí unos soplidos, o algo parecido, encima de cabeza.
Se lo dije a mi padre y él en principio no estaba muy seguro de qué podía ser, pero la mejor manera de saberlo era meter la mano y verlo, así que la metí y saqué un mochuelo, ya con plumas, al que debí apretar algo más de lo normal, porque me cagó encima.
Nunca había tenido un mochuelo en la mano y entre lo feo que era y la suciedad, lo solté. Dio un pequeño vuelo yendo a caer de morros a no más de tres o cuatro metros. También olía mal.
Mi padre me dijo que lo volviera a meter en el agujero, ya que el mochuelo, a pesar de tener plumas, era incapaz de volar con soltura y se habría muerto por allí.
Lo cogí con cuidado para no mancharme, pues, no sé si por el susto, no paraba de cagar, y lo devolví a su nido.
Cuando de vuelta en casa le conté a mi madre lo de los soplidos y lo del nido de mochuelos, le recriminó a mi padre su falta de conocimiento por haberme dejado meter allí la mano, pues mira si no podía haber sido una víbora.
Sorprendentemente mi padre le dio la razón, con lo que le costaba dar el brazo a torcer, supongo que para que no fuera yo a meter la mano en cualquier agujero en el que oyera algún ruido.
Lo de la víbora no era ninguna tontería, ya que por aquella época se veían muchas por el campo, aunque no recuerdo que le picara a nadie del pueblo.
Volviendo una vez del Soto, tres vimos mi padre y yo atravesadas en la carretera, en diferentes sitios, quietas como palos. A las tres las matamos. Mi padre me decía que barruntaban cambio de tiempo.
Y esto es todo por hoy.
Para los que la celebren, feliz Navidad.
Para los que no les gusten estas fiestas, un abrazo y mis mejores deseos.